GoPro convirtió durante años una pequeña cámara fijada al casco en parte de la cultura del esquí, el freeride, el snowboard o el MTB. Hoy, después de perder ventas, valor bursátil y terreno frente a nuevos competidores, acaba de firmar una fusión que llevará parte de su tecnología hacia la inteligencia artificial, la robótica o la defensa.
Quien haya esquiado durante los últimos veinte años probablemente ha utilizado una GoPro, ha visto a alguien con una fijada al casco o ha consumido en un canal de Youtube de esquí cientos de vídeos grabados con una cámara deportiva.
Durante mucho tiempo no hacía falta explicar qué era una cámara de acción. Bastaba con llamarla «una GoPro» dado que habían capitalizado sobre un producto único, sin rivales notorios. La compañía estadounidense consiguió algo que pocas marcas tecnológicas alcanzan:
«GoPro consiguió convertir su nombre en el de toda una categoría».
Y lo hizo porque resolvió de manera sencilla un problema que para los deportes de acción era enorme: cómo enseñar lo que ve y siente el deportista mientras se mueve.
GoPro fue la revolución en los deportes de acción
La evolución de sus cámaras explica buena parte de su liderazgo durante casi dos décadas. La primera HD HERO, lanzada en 2009, llevó definitivamente GoPro al vídeo de alta definición; después llegaron la HERO2 en 2011, la HERO3 en 2012 y la HERO4 en 2014, generaciones que fueron elevando resolución, conectividad y calidad de imagen hasta convertir la pequeña cámara de acción en una herramienta cada vez más seria. La HERO5 Black, en 2016, marcó otro punto de inflexión al integrar estabilización electrónica, control por voz y un diseño sumergible sin necesidad de carcasa externa. Pero probablemente la mayor revolución para los deportes de acción llegó con la HERO7 Black en 2018. Su famoso estabilizador HyperSmooth consiguió quitar gran parte de las vibraciones de la imagen mediante una estabilización tan eficaz que redujo enormemente la necesidad de utilizar un gimbal. Aquella generación introdujo además TimeWarp y la transmisión en directo. Después vendrían la HERO9 Black, con 5K y una nueva generación de HyperSmooth (que probamos en I Love Ski sobre nieve), la consolidación del formato 360 con MAX y GoPro MAX2 y, finalmente, las actuales cámaras MISSION 1, con las que GoPro ha llevado su tecnología hacia sensores de mayor tamaño, 8K y un terreno mucho más cercano a la producción cinematográfica compacta.
Pero todo no fue un camino de rosas. GoPro recibió duras críticas por su ecosistema de software Quik, especialmente por problemas de conexión, lentitud y por una estrategia cada vez más vinculada a la suscripción. A ello se sumó el almacenamiento en la nube de pago, que algunos usuarios percibieron como una fricción adicional después de haber invertido ya varios cientos de euros en la cámara.
Ese desgaste no fue la única causa de sus dificultades, pero sí formó parte de un problema más amplio: GoPro seguía teniendo una marca muy potente y un buen producto, pero cada vez le costaba más transformar todo ello en crecimiento rentable. Y ahí es donde la historia entra ahora en una nueva etapa.
El pasado 1 de septiembre de 2026, GoPro anunció un acuerdo de fusión con Starman Optical, una empresa estadounidense especializada en fotónica y transceptores ópticos. Los actuales accionistas de GoPro recibirán conjuntamente 285 millones de dólares en efectivo, conservarán aproximadamente un 10 % de la nueva estructura accionarial y los alrededor de 92 millones de dólares de deuda de GoPro serán reembolsados al cierre de la operación. GoPro seguirá cotizando en Nasdaq y asegura que continuará desarrollando cámaras, suscripciones y servicios en la nube. El acuerdo pone fin, al menos financieramente, a una etapa muy complicada.
Pero para entender por qué una de las marcas más reconocibles de los deportes de acción ha terminado necesitando esta recapitalización hay que mirar algo más que sus cuentas. Quizás ya no hay que mirar cómo grabamos actualmente una bajada de esquí sino como lo editamos y lo compartimos.
Cuando GoPro convirtió el POV en un lenguaje
El gran mérito de GoPro no fue únicamente construir una cámara pequeña y resistente. Fue conseguir que millones de personas pudieran convertirse simultáneamente en deportista y cámara.
El POV (point of view) cambió la manera en que veíamos un descenso esquiando. Ya no observábamos únicamente al esquiador desde una ladera situada enfrente. Entrábamos con él entre los árboles, veíamos cómo buscaba la recepción de un salto o cómo desaparecían las espátulas bajo la nieve polvo. GoPro entendió extraordinariamente bien esa cultura.
Y durante años cada nueva generación mejoraba precisamente las limitaciones que importaban sobre los diferentes tipos de nieve: estabilización, batería, resistencia, calidad de imagen o comportamiento con frío.
En I Love Ski pudimos comprobarlo ya en 2020 cuando probamos la GoPro HERO9 Black sobre la nieve. Por entonces, vídeo 5K, HyperSmooth 3.0, mejor autonomía y una mayor estabilidad convertían a la HERO9 en una herramienta extraordinariamente eficaz para esquiar (salvo por los problemas que daba su batería ante situaciones de frío). Pero aquel análisis contenía ya una señal de lo que vendría después: las comparaciones con DJI e Insta360 eran inevitables.
Durante un tiempo, la competición podía resumirse en quién ofrecía mayor resolución, mejor estabilización o más autonomía. Después cambió la pregunta.
Ya no se trataba solamente de cómo grabar mientras esquías. Se trataba de cómo conseguir el mejor vídeo posible sin tener que pensar demasiado en grabarlo.
Ahí las cámaras 360 introdujeron una ruptura particularmente importante para los deportes de nieve. Con una GoPro convencional hay que decidir dónde apunta la cámara antes de comenzar el descenso. Si colocabas mal el accesorio, solamente salía el casco o el cielo y el plano estaba perdido.
Con una Insta360 se graba prácticamente todo lo que ocurre alrededor y se decide después hacia dónde mira la cámara.
Cuando en I Love Ski llevamos la Insta360 X4 a las pistas para probar su grabación 8K, esa diferencia resultaba mucho más importante que la ficha técnica. Podíamos esquiar primero y preocuparnos después por seleccionar el encuadre, seguir al protagonista con Deep Track, bloquear el horizonte o generar el conocido efecto del palo invisible.
Sin duda es mucho más voluminosa y pesada que una GoPro, pero sabías que la toma no sería en balde. La cámara deja de exigir tanta atención durante el momento que precisamente queremos disfrutar, aunque después toque editar el video de una forma más o menos tediosa y que el video exportado no ocupara una parte excesiva del disco duro.
La cámara dejó de ser suficiente
Pero que nadie se lleve a equívocos:la compañía GoPro no dejó de innovar. En 2025 regresó con fuerza al 360 mediante la MAX2, con vídeo 8K, color de 10 bits, lentes reemplazables y una batería diseñada también para bajas temperaturas. En I Love Ski nos preguntábamos entonces precisamente si la GoPro MAX2 podía recuperar terreno frente a Insta360 y DJI.
En 2026 GoPro ha dado incluso un salto mucho mayor con una cámara que todavía no hemos tenido el placer de poner a prueba: la MISSION 1.

La MISSION 1 PRO incorpora sensor de una pulgada y 50 megapíxeles, nuevo procesador GP3 y grabación de hasta 8K a 60 fps o 4K a 240 fps. La MISSION 1 PRO ILS permite incluso utilizar objetivos Micro Four Thirds intercambiables. Estamos mucho más cerca de una diminuta cámara cinematográfica que de aquella primera cámara deportiva destinada únicamente al casco.
«El problema es que tener una cámara técnicamente excelente ya no garantiza vender suficientes unidades.»
GoPro cerró 2025 con 652 millones de dólares de facturación, un 19 % menos que un año antes, y aproximadamente dos millones de cámaras vendidas, un 20 % menos. El ejercicio terminó con una pérdida neta de 93 millones de dólares.
La situación volvió a empeorar durante el segundo trimestre de 2026: los ingresos descendieron otro 31 %, hasta 105 millones de dólares, mientras las unidades vendidas al consumidor cayeron un 38 %, hasta unas 291.000 cámaras.
Mientras tanto, uno de sus principales rivales se movía en dirección opuesta.
Insta360 cerró 2025 con aproximadamente 9.741 millones de yuanes de ingresos, un 74,8 % más, y durante el primer semestre de 2026 volvió a aumentar su facturación alrededor de un 50 %. La Bolsa de Shanghái señala expresamente que productos como X5, Ace Pro 2 o GO Ultra contribuyeron a impulsar ese crecimiento.
Eso no significa que Insta360 tenga resuelto el negocio. Su rápido crecimiento está exigiendo inversiones enormes en I+D, producto y marketing, y su rentabilidad se ha resentido. Pero demuestra dónde se encuentra ahora la batalla.
«Grabar ya no basta: hay que convertir la imagen en contenido listo para publicar, rápidamente y desde el móvil.»
Y un usuario normal quiere volver al hotel, abrir el móvil y tener un vídeo espectacular sin pasar dos horas delante del ordenador. La resolución continúa importando. Pero el tiempo que transcurre entre vivir la experiencia y compartirla importa cada vez más.
Ahí es donde el software, el seguimiento automático, el reencuadre 360 y la inteligencia artificial han cambiado el terreno competitivo. En cierto modo, recuerda a lo ocurrido en la automoción: mientras parte de la industria tradicional avanzaba de forma más incremental, nuevos fabricantes chinos aceleraron en software, electrificación, baterías y experiencia digital. GoPro se encontró en una situación parecida: seguía dominando el imaginario de la cámara de acción, pero competía ya contra empresas que estaban redefiniendo mucho más rápido lo que el usuario esperaba del producto.
Starman no compra solamente una marca de cámaras
La situación financiera de GoPro terminó imponiendo urgencia. En sus cuentas del segundo trimestre, GoPro reconocía que existían dudas sustanciales sobre su capacidad para continuar operando durante los siguientes doce meses sin nuevas medidas de financiación. Había anunciado además una reducción de aproximadamente el 23 % de su plantilla y contratado asesores para estudiar una venta, una fusión u otras alternativas estratégicas.
Por eso la operación con Starman debe entenderse primero como una recapitalización. El acuerdo elimina aproximadamente 92 millones de dólares de deuda y proporciona una nueva estructura financiera a la compañía.
Pero Starman tampoco parece interesada únicamente en vender más cámaras HERO. GoPro ha acumulado durante 24 años más de 2.500 patentes estadounidenses relacionadas con imagen, óptica y tecnología asociada. La compañía combinada quiere utilizar esas capacidades también en sectores como robótica, aeroespacial, defensa y aplicaciones gubernamentales.
Starman aporta otra pieza distinta: fabrica transceptores ópticos. Dicho de manera sencilla, son componentes que permiten enviar enormes cantidades de información mediante luz. Los centros de datos utilizados para inteligencia artificial necesitan mover cantidades gigantescas de datos entre servidores y procesadores, y hacerlo rápidamente consume cada vez más infraestructura óptica.
Starman New Photonics está invirtiendo 150 millones de dólares en una planta de aproximadamente 100.000 pies cuadrados en Nueva Jersey, con la previsión de crear unos 250 empleos y producir allí transceptores de alta velocidad destinados precisamente a esta industria.
La nueva GoPro tendrá, por tanto, dos mundos muy diferentes bajo un mismo techo. Por un lado, cámaras, creadores, deportes de acción y suscripciones y por el otro, fotónica, centros de datos de IA, robótica y defensa.
«GoPro no perdió ventaja porque dejara de saber fabricar cámaras. La perdió porque el mercado que había creado dejó de competir únicamente en cámaras.»
Además, GoPro comunicó este año sus primeros 2 millones de dólares de ingresos por licenciar contenido para aplicaciones de inteligencia artificial. Sus ingresos de suscripciones y servicios crecieron además un 11 % en el segundo trimestre, hasta 29 millones de dólares, y ya representaban el 28 % de la facturación del período.
Pero ilustra perfectamente cómo está cambiando el valor de todo lo que GoPro ha acumulado durante dos décadas.
































