El nuevo presidente hereda una federación dividida, una transformación comercial inacabada y un problema que apenas aparece en los balances: el esquí de competición necesita medios, relatos y atletas reconocibles para recuperar relevancia.
En el esquí alpino, una centésima puede separar el oro de la plata. En Belgrado, un solo voto separó dos maneras de entender el futuro de los deportes de invierno.
Alexander Ospelt fue elegido presidente de la Federación Internacional de Esquí y Snowboard el pasado 11 de junio de 2026. Fue elegido presidente de la FIS por 65 votos frente a los 64 obtenidos por Johan Eliasch. Una victoria plenamente válida, pero políticamente frágil. El resultado entrega la presidencia a Ospelt, aunque difícilmente puede interpretarse como un mandato incontestable.
«La FIS ha quedado dividida por la mitad»
El propio dirigente de Liechtenstein lo reconoció en su primera comparecencia. Su prioridad, explicó, será recuperar la unidad, escuchar a las federaciones nacionales y reconstruir una ambición común. No es una formalidad. Es probablemente la cuestión más urgente que deberá resolver.
Ospelt no llega a una organización inmóvil, sino a una federación que ha cambiado profundamente desde 2021. Tampoco sucede a un presidente que pueda resumirse únicamente a través de sus errores. Johan Eliasch impulsó reformas que durante años parecían imposibles: centralización de derechos audiovisuales, desarrollo de plataformas digitales, internalización del marketing, integración del Freeride World Tour de su CEO Nicolas Hale-Woods y una orientación comercial mucho más ambiciosa.
El problema no fue solamente qué quiso hacer. El problema fue cómo lo hizo, con quién lo hizo y hasta qué punto consiguió que las federaciones, los atletas y otros actores del sistema se sintieran partícipes de aquella transformación.
La elección de Belgrado no fue, por tanto, un rechazo al cambio. Fue una advertencia sobre la forma de conducirlo.
Cinco candidatos, dos proyectos y una FIS partida en dos
El proceso electoral había comenzado con cinco candidaturas: Johan Eliasch, Alexander Ospelt, Anna Harboe Falkenberg, Victoria Gosling y Dexter Paine. Las retiradas de Falkenberg, Paine y Gosling redujeron finalmente la elección a un enfrentamiento directo entre Eliasch y Ospelt.
No es posible reconstruir con certeza cómo votó cada federación. La votación fue secreta y las asociaciones nacionales disponen de uno, dos o tres votos en función de los criterios establecidos en los estatutos de la FIS.
Sí conocemos, sin embargo, algunas posiciones públicas. Ski Austria apoyó expresamente la candidatura de Ospelt y, tras la elección, atribuyó el resultado a una pérdida de confianza en Eliasch y a su incapacidad para involucrar suficientemente a las federaciones nacionales en sus ideas. Y en este punto sería un error simplificar.
«La diferencia entre ambos candidatos no era tan sencilla como modernidad frente a tradición.»
Eliasch defendía una transformación rápida, centralizada y dirigida desde la presidencia. Su programa electoral reivindicaba la creación de FIS TV, la nueva aplicación, la expansión de los canales digitales, la incorporación de nuevos patrocinadores y la consolidación de los derechos audiovisuales internacionales. También presentaba fuertes incrementos en alcance y participación en redes sociales, aunque esas cifras formaban parte de su propio balance de campaña.
Ospelt, por su parte, no propuso desmontar esta evolución. Su programa, bajo el lema Building Bridges, también habla de digitalización, conocimiento de las audiencias, formatos atractivos, patrocinadores, medios y nuevos públicos. La diferencia estaba en el método: más diálogo, mayor equilibrio entre federaciones grandes y pequeñas, separación clara de responsabilidades y una gobernanza basada en la confianza.
El nuevo presidente no ha sido elegido para regresar al pasado. Ha sido elegido para intentar que la modernización sea compartida y este matiz consideramos que será decisivo.
Las finanzas: preguntas legítimas sin caer en el alarmismo
La situación financiera fue uno de los asuntos que más condicionó la campaña. Las cuentas consolidadas y auditadas de 2025 muestran una realidad compleja. La FIS obtuvo unos ingresos de 131,3 millones de francos suizos y registró un resultado operativo positivo de aproximadamente 7,1 millones. Antes de las contribuciones a las federaciones nacionales, el resultado también era positivo, cercano a 4,7 millones.
Sin embargo, la organización destinó más de 30,2 millones de francos a distribuciones, premios y programas de apoyo vinculados a las asociaciones nacionales. Después de estas contribuciones, de la disolución de fondos y de los impuestos, el ejercicio terminó con una pérdida de alrededor de 16,5 millones. El patrimonio neto pasó de 84,8 millones a 68,7 millones entre el cierre de 2024 y el de 2025.
Estas cifras no permiten, ni mucho menos, afirmar que la FIS estuviera con problemas de insolvencia. Tampoco justifican ignorar las preguntas formuladas por varias federaciones sobre el uso de las reservas, las prioridades de inversión y el retorno esperado de los proyectos.
Una organización deportiva puede decidir utilizar sus recursos para acelerar una transformación, apoyar a sus miembros o desarrollar nuevos activos. Pero debe explicar esa estrategia con claridad, especialmente cuando existe una diferencia tan profunda entre quienes consideran que se está invirtiendo para crecer y quienes creen que se está gastando sin suficiente control.
Ospelt tendrá que presentar una fotografía financiera comprensible: cuánto dinero está realmente comprometido, qué inversiones están generando valor, qué obligaciones futuras existen y qué nivel de reservas necesita mantener la federación.
La transparencia no consiste solamente en publicar unas cuentas auditadas. También exige explicar las decisiones que hay detrás de ellas.
Eliasch entendió una parte esencial del problema
Sería injusto negar que Johan Eliasch identificó correctamente uno de los principales desafíos del esquí contemporáneo: la competición ya no puede gestionarse únicamente como una suma de carreras, calendarios y reglamentos.
El público ha cambiado. La atención está fragmentada y las nuevas generaciones consumen contenidos en plataformas, vídeos breves, pódcast, redes sociales y formatos personalizados. La FIS no podía permanecer al margen de esa transformación.
En junio de 2025, desde I Love Ski ya señalamos, al analizar las reformas del Congreso FIS sobre deporte, seguridad y sostenibilidad, que el futuro del esquí dependería también de su capacidad para adaptarse a las nuevas formas de consumo digital y emocional.
Meses después, el acuerdo entre la FIS y Ski Austria sobre los derechos internacionales confirmó que la centralización podía permitir la construcción de un producto mediático más coherente, reconocible y comercializable. Ese proyecto no debería abandonarse por el simple hecho de estar asociado a la etapa anterior.
Centralizar los derechos puede mejorar la distribución, facilitar acuerdos internacionales, elevar el valor comercial de las competiciones y permitir una estrategia digital común. La creación de FIS TV, de nuevos formatos audiovisuales y de una plataforma de intercambio de contenidos para federaciones y atletas también fueron pasos en la dirección adecuada.
Existe una diferencia fundamental entre distribuir contenido y crear interés.
La FIS ha trabajado mucho sobre la primera cuestión. Ospelt deberá profundizar en la segunda. El problema que no aparece en los balances: ¿quién contará la competición?
Durante su primera comparecencia, Alexander Ospelt pronunció una frase que debería convertirse en uno de los ejes de su presidencia:
«el esquí alpino necesita encontrar el formato televisivo adecuado, dar más visibilidad a los atletas y convertirlos en estrellas»
Su programa electoral también reconoce que la diversidad de disciplinas obliga a explicar formatos y reglamentos y a contar las historias de muchos deportistas diferentes. Añade una afirmación especialmente relevante: los deportes de nieve prosperan gracias a la pasión de sus aficionados y al apoyo de los medios. La pregunta que nos hacemos es si la FIS está dispuesta a llevar esa idea hasta sus últimas consecuencias.
El esquí de competición tiene resultados, imágenes espectaculares y deportistas extraordinarios. Lo que no siempre tiene es un ecosistema editorial suficientemente sólido para transformar todo ello en una historia comprensible y continuada. Las retransmisiones muestran quién gana. Los medios ayudan a explicar por qué esa victoria importa.
«Un aficionado no se vincula emocionalmente a una clasificación.»
Se vincula a una persona, una rivalidad, una remontada, una lesión superada, una temporada construida con paciencia o una trayectoria que amenaza con terminar antes de tiempo.
Los atletas no se convierten en referentes únicamente porque suban al podio. Se convierten en referentes cuando alguien cuenta su historia de forma repetida, coherente y accesible.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones del sistema: la FIS afirma que necesita a los medios, pero los medios verticales o especializados en esquí -y en I Love Ski nos incluimos también en esta reflexión- dedicamos cada vez menos recursos, tiempo y espacio editorial a la competición.
No se trata de falta de pasión. Existen razones estructurales.
«La competición es cara de cubrir y difícil de rentabilizar»
Sería cómodo reclamar más cobertura sin reconocer la realidad económica de las redacciones especializadas. En I Love Ski también debemos hacer esta autocrítica.
Cubrir correctamente una Copa del Mundo no consiste en reescribir un resultado. Exige conocer la disciplina, seguir la temporada, interpretar los tiempos, mantener contacto con atletas y equipos, reaccionar con rapidez y, cuando es posible, desplazarse al lugar de la prueba.
Una cobertura presencial implica transporte, alojamiento, acreditaciones, jornadas largas y profesionales especializados. Incluso desde la distancia, seguir varias disciplinas durante todos los fines de semana exige una capacidad editorial considerable. El retorno, sin embargo, suele ser limitado por no decir deficitario en muchos casos.
Una noticia sobre el resultado de una carrera pierde buena parte de su valor en pocas horas. Compite con la web oficial de la FIS, las televisiones, las federaciones nacionales, las redes de los atletas y numerosas plataformas que publican clasificaciones prácticamente en tiempo real.
Para un medio independiente, ganar esa carrera de velocidad es difícil y rara vez rentable.
Un reportaje sobre una estación, una guía de material o un contenido práctico puede seguir recibiendo visitas durante meses o años y normalmente existe un soporte financiero que lo hace posible. Una crónica de una prueba disputada el sábado puede quedar superada el domingo por la siguiente carrera. Además, la irrupción de la inteligencia artificial añade una nueva amenaza para los medios verticales. Los resultados y los resúmenes básicos pueden ser procesados, traducidos y publicados automáticamente en cuestión de segundos por federaciones, plataformas, buscadores y herramientas generativas.
Cuando un usuario puede obtener la clasificación, un resumen de la prueba o la evolución de la Copa del Mundo sin entrar en la página de un medio, disminuye todavía más el tráfico disponible para financiar el trabajo editorial. Y si las propias federaciones utilizan la IA para multiplicar contenidos en sus canales, la competencia por una audiencia ya limitada se vuelve aún más desigual.
El riesgo es evidente: los medios especializados pierden la actualidad rápida, pero siguen asumiendo el coste del análisis, la verificación, las entrevistas, los desplazamientos y la construcción de relatos propios.
Los anunciantes tampoco financian necesariamente el relato deportivo
Existe además un desajuste entre la importancia que el sector atribuye a la competición y la forma en que distribuye sus presupuestos de comunicación.
Las marcas invierten en derechos, patrocinio de equipos, dorsales, eventos, embajadores y atletas. Las estaciones organizadoras destinan importantes recursos a la producción de la competición, la logística, la señal televisiva y la promoción local.
Sin embargo, una parte muy reducida o nula de esa inversión llega a los medios independientes que podrían explicar el deporte, contextualizarlo y hacerlo visible más allá de la retransmisión.
Los medios especializados suelen encontrar mayor respaldo comercial para hablar de destinos, material, turismo, tecnología o experiencias que para seguir una competición y ni hablar de una temporada deportiva completa.
Esta realidad condiciona las decisiones editoriales. Una redacción pequeña no puede dedicar semanas de trabajo a un contenido que no encuentra ni una audiencia suficiente ni un modelo económico que lo sostenga.
Apoyar a los medios verticales no debería significar comprar una línea editorial favorable ni convertirlos en altavoces institucionales. Debería significar crear las condiciones para que puedan ejercer un periodismo independiente, riguroso y especializado alrededor de la competición.
La audiencia de esquí no es automáticamente audiencia de competición
Otro error habitual consiste en pensar que todos los esquiadores son aficionados a las carreras. El eterno dilema de cómo deben coexistir y ayudarse el sector del turismo con el de la competición.
Una parte importante del público de un medio de nieve busca información para esquiar: estaciones, condiciones, viajes, material, seguridad, alojamiento o experiencias. Disfruta practicando este deporte, pero no necesariamente conoce el calendario de la Copa del Mundo, las diferencias entre disciplinas o los nombres de quienes ocupan las primeras posiciones.
En algunos países, como Austria, Suiza o Noruega, la competición forma parte de la cultura popular y dispone de figuras reconocibles. En otros mercados, el seguimiento depende de la aparición puntual de un atleta nacional capaz de atraer la atención generalista. Por ejemplo, en España se recurre a menudo al argumento de que «no hay cultura de esquí». Pero la cultura deportiva no aparece espontáneamente: se construye con referentes, relatos, visibilidad y continuidad.
«Quizá no falte cultura del esquí. Quizá falten años de inversión, referentes visibles y relatos capaces de crearla.»
Esto crea una fragmentación enorme. Una carrera puede ser un gran acontecimiento en un país y pasar casi inadvertida en otro.
La FIS reúne disciplinas con públicos, códigos y geografías muy diferentes. El aficionado al salto de esquí no es necesariamente el mismo que sigue el snowboard freestyle, el fondo, el freeride o el esquí alpino. No existe un único producto llamado “deportes de nieve”. Existen culturas deportivas distintas que necesitan estrategias editoriales específicas.
Ospelt parece haberlo comprendido cuando propone llevar cada disciplina allí donde exista una audiencia potencial y aprovechar referentes locales para desarrollar mercados. Pero no bastará con organizar competiciones en China, América o cualquier nueva región.
Sin narradores locales, medios especializados y atletas reconocibles, una prueba internacional puede llegar, celebrarse y desaparecer sin dejar comunidad.
Los derechos protegen el producto, pero también pueden limitar su difusión
El vídeo es hoy fundamental para explicar el deporte, especialmente en redes sociales. Sin embargo, las imágenes de competición están sujetas a derechos audiovisuales y a condiciones de uso que no siempre resultan sencillas ni económicamente asumibles para los medios pequeños.
En el ámbito fotográfico existe una cobertura profesional muy amplia. La propia FIS identifica a Agence Zoom como su socio fotográfico oficial para la Copa del Mundo y remite a los medios interesados directamente a las agencias que siguen el circuito. Sus directrices de acreditación también reconocen un lugar prioritario a grandes agencias internacionales como AP, Reuters, AFP o Getty Images.

Como recoge la guía oficial de la FIS para cubrir la Copa del Mundo:
«incluso la grabación de imágenes destinadas a redes sociales requiere la adquisición de derechos y la autorización correspondiente.»
El problema, por tanto, no es la falta de buenas fotografías. Existen, y muchas de ellas son extraordinarias. La dificultad comienza en el acceso editorial: localizar el material adecuado, solicitarlo, conocer con precisión las condiciones de publicación, afrontar la burocracia y asumir el coste de una licencia profesional.
El cuello de botella es considerable. Las imágenes adquiridas para uso personal no pueden reutilizarse en medios de comunicación, revistas, publicaciones promocionales ni contenidos vinculados a patrocinadores o proveedores. Cualquier explotación editorial debe negociarse directamente con la agencia.
Para un medio vertical, invertir de forma recurrente en fotografías sin una expectativa razonable de retorno económico termina convirtiéndose en un acto de fe:
«Se asume el coste por compromiso con el deporte, mientras el propio ecosistema deportivo apenas contribuye a sostener a quienes lo cuentan.»
Para un gran medio o una agencia internacional, estos procedimientos forman parte de su funcionamiento habitual. Para una publicación vertical, con una estructura reducida y que tendría que ilustrar varias pruebas cada fin de semana, el coste acumulado puede convertirse en una barrera real.
La plataforma de intercambio de contenidos desarrollada durante la etapa Eliasch supuso un avance, pero el propio programa del expresidente destacaba principalmente su utilidad para federaciones nacionales y atletas.
Los medios especializados también necesitan un acceso claro, rápido y viable a fotografías, fragmentos de vídeo, datos, declaraciones y materiales reutilizables. Sin imágenes autorizadas, resulta extremadamente difícil desarrollar contenidos atractivos en unas plataformas digitales que priorizan cada vez más el vídeo y la narración visual.
Aquí vuelve a aparecer una paradoja: el esquí de competición genera algunas de las imágenes más espectaculares del deporte mundial, pero una parte de los medios más próximos a su público no siempre dispone de los recursos necesarios para utilizarlas. Aquí aparece otra paradoja.
El deporte necesita que se compartan sus momentos más espectaculares para crecer, pero también necesita proteger el valor de unos derechos audiovisuales que constituyen una de sus principales fuentes de ingresos.
La solución no consiste en liberar indiscriminadamente todo el contenido. Consiste en diseñar licencias, ventanas y formatos que permitan a los medios especializados amplificar la competición sin perjudicar a los broadcasters.
Un breve clip integrado en un análisis editorial no sustituye una retransmisión completa. Puede ser, precisamente, lo que convenza a un nuevo aficionado para verla.
El círculo vicioso de la invisibilidad
Todos estos factores terminan alimentándose entre sí. Los medios no cubren suficientemente la competición porque la audiencia es limitada y el retorno económico insuficiente. La audiencia no crece porque apenas conoce a los atletas, no comprende algunas disciplinas y no encuentra historias que seguir. Los deportistas continúan siendo poco reconocibles, lo que reduce su valor para patrocinadores. Con menos patrocinio y menor repercusión, los medios encuentran todavía menos razones para invertir.
Y todo apunta a que el pez se muerde la cola y no sería justo afirmar que a nadie le interesa la competición de esquí. Hay mercados donde sigue generando grandes audiencias y eventos con una extraordinaria capacidad de convocatoria. Quizás la cuestión es otra:
«fuera de esos territorios, el sistema no ha invertido ni creado suficientes razones para que el público se interese.»
Una clasificación no crea afición por sí sola. Un comunicado de resultados tampoco. La afición se construye identificando héroes y protagonistas, explicando lo que está en juego y manteniendo viva la historia entre una carrera y la siguiente.
Una oportunidad para la nueva FIS
Alexander Ospelt podría convertir este problema en una de las reformas más originales de su mandato. La FIS necesita una verdadera estrategia de relación con los medios especializados, distinta de la negociación con grandes cadenas de televisión y distribuidores de derechos.
Esa estrategia debería facilitar material audiovisual con condiciones claras, bancos de fotografías actualizados, perfiles completos de atletas, datos comprensibles, explicaciones de formatos, entrevistas remotas y encuentros regulares con periodistas especializados.
También sería razonable estudiar mecanismos transparentes de apoyo a la producción editorial en mercados emergentes. No para condicionar el contenido, sino para ayudar a cubrir los costes de desplazamiento, traducción o elaboración de reportajes de fondo.
Otros sectores comprenden desde hace tiempo que desarrollar un mercado requiere invertir en quienes lo explican. Los deportes de nieve no deberían considerar que la atención aparecerá espontáneamente.
La FIS también tendrá que trabajar con calendarios editoriales, no solamente deportivos. Presentar las rivalidades antes de la temporada, acompañar a los jóvenes talentos, explicar los cambios de material, mostrar la preparación física y acercar la dimensión humana de los atletas.
Los medios oficiales pueden iniciar ese trabajo, pero no deberían monopolizarlo.
Un ecosistema compuesto únicamente por canales institucionales corre el riesgo de hablar sobre todo a quienes ya están convencidos. En los últimos años, muchas federaciones nacionales han reforzado sus propias páginas web, aplicaciones y redes sociales para asumir directamente el relato de la competición. La RFEDI, por ejemplo, dispone de un espacio informativo propio desde el que comunica los equipos nacionales, los resultados, las competiciones y la evolución de sus deportistas.
Que una federación genere sus propios contenidos no es un problema. Al contrario: tiene la responsabilidad de informar, ofrecer datos oficiales y dar visibilidad a sus atletas.
«El error aparece cuando se considera que ese canal puede sustituir al ecosistema mediático que existe fuera de la institución.»
Una federación habla legítimamente desde sus objetivos, sus intereses y su propia agenda. Un medio independiente selecciona, contextualiza, compara, pregunta y conecta esa información con públicos que no necesariamente visitan la web federativa. También puede abordar las derrotas, los conflictos, las decisiones estratégicas o las debilidades del sistema con una distancia que un canal institucional difícilmente puede ofrecer.
Concentrar el relato exclusivamente en los medios propios puede generar una sensación de control, pero también encerrar la competición dentro de una comunidad cada vez más reducida. Se informa muy bien a quienes ya conocen la federación, siguen a sus deportistas y buscan activamente los resultados, pero se pierde capacidad para alcanzar a nuevos lectores, construir conversación pública y conquistar espacios externos.
«Los canales federativos y los medios independientes no deberían competir entre sí ni sustituirse.»
Cumplen funciones diferentes y complementarias. Los primeros aportan información oficial, acceso y continuidad; los segundos ofrecen credibilidad externa, pluralidad, análisis y acceso a comunidades que una institución no alcanza por sí sola.
No basta con crear estrellas desde arriba
Ospelt ha hablado de convertir a los atletas en estrellas. La intención es acertada, aunque conviene precisar el concepto. Las estrellas no se fabrican exclusivamente mediante campañas de marketing. Necesitan resultados, personalidad, continuidad, acceso y un relato creíble.
La federación puede facilitar el escenario. Las televisiones pueden ofrecer las imágenes. Los patrocinadores pueden ampliar la visibilidad. Pero son los periodistas, creadores, comentaristas y medios quienes construyen progresivamente el contexto que permite al público reconocer y admirar a un deportista.
Lindsey Vonn, Mikaela Shiffrin, Marco Odermatt o Marcel Hirscher no son conocidos únicamente por sus victorias. Su notoriedad se ha construido mediante años de retransmisiones, entrevistas, reportajes, controversias, lesiones, regresos y relatos personales.
El verdadero desafío no es promocionar solamente a quienes ya ganan. Es identificar y contar a tiempo las historias de quienes pueden convertirse en los referentes de mañana.
Conservar la ambición, cambiar el método
La herencia de Johan Eliasch no debería ser destruida ni aceptada sin revisión. La centralización de derechos, el desarrollo digital, FIS TV, la integración del freeride y el intento de generar más valor comercial eran respuestas necesarias a problemas reales.
Pero ninguna transformación puede mantenerse durante mucho tiempo si quienes deben aplicarla dejan de confiar en la dirección.
Alexander Ospelt ha ganado -por muy poco- ofreciendo escucha, transparencia y equilibrio. Ahora deberá demostrar que esas palabras pueden traducirse en decisiones concretas sin devolver a la FIS a la lentitud del pasado.
Deberá clarificar las cuentas, reconstruir su estructura ejecutiva, integrar a los atletas, proteger las disciplinas amenazadas y mantener el impulso comercial.
Pero también tendrá que comprender que el valor de una competición no depende únicamente del precio de sus derechos audiovisuales. Depende de cuánta gente quiera verla, de cuántos nombres sea capaz de reconocer y de cuántas historias encuentre razones para seguir.
Para hacer crecer el esquí y el snowboard el nuevo presidente de la FIS necesitará conquistar muchos más votos: los de un público que todavía no conoce a sus campeones, los de unos medios que no pueden sostener solos el coste de contarlos y los de una nueva generación que no se enamorará de una clasificación, pero sí puede hacerlo de una historia bien narrada.
































