Construir sin desnaturalizar. Decidir sin simplificar. Dirigir sin ceder. Como dirigente comprometido al frente de la Compagnie du Mont-Blanc, Mathieu Dechavanne avanza con firmes convicciones, a veces a contracorriente, en un entorno en el que cada decisión implica mucho más que resultados económicos. Entre retos técnicos, responsabilidad colectiva y un sincero apego a la naturaleza, su visión de la montaña merece que nos detengamos en ella.
Mathieu Dechavanne, ¿podría hablarnos de usted y de su trayectoria profesional?
Nací en 1971 en Lyon, y eso no es un detalle sin importancia: no provengo del mundo de la montaña. Estudié comercio, incluyendo un MBA en Estados Unidos, antes de tomar una decisión muy clara desde el principio: trabajar en la industria. Era un entorno que me atraía por su dimensión concreta y operativa, y por la complejidad de las organizaciones que implica.
Al terminar mis estudios, me incorporé a un programa de formación para directivos en una gran empresa industrial. Este tipo de trayectoria permite una inmersión total en las diferentes áreas de negocio. Empecé en un taller de producción en Inglaterra, luego pasé a desempeñar funciones en Alemania en materia de gestión y contabilidad, antes de continuar en Escocia en el ámbito de la logística. Posteriormente, pasé varios años en el Reino Unido, donde ocupé puestos de responsabilidad en la logística europea, siempre en la industria automovilística.
Posteriormente, me llamaron para volver a Francia con el fin de asumir la dirección de una fábrica en dificultades, con un objetivo muy claro: reflotarla en dos años, ya que, de lo contrario, estaba condenada al fracaso. Junto con los equipos, emprendimos una transformación profunda, reorientando la fábrica hacia producciones de mayor valor añadido. Este proyecto colectivo fue todo un éxito, hasta el punto de que la planta fue reconocida como una de las mejores fábricas de su categoría en 2007. Sigue siendo, aún hoy, uno de los momentos más destacados de mi carrera, porque ilustra lo que se puede lograr colectivamente en contextos difíciles.
Posteriormente, seguí una trayectoria muy internacional, con responsabilidades que me llevaron a adquirir centros industriales en México y China, pero también a cerrar algunas fábricas, sobre todo en Estados Unidos y Escocia. Fueron experiencias muy enriquecedoras, a la vez apasionantes y exigentes, especialmente en el plano humano.
En 2009, tomé una decisión bastante inesperada: incorporarme al sector de la montaña, tras una oportunidad que surgió en Chamonix. Por aquel entonces no sabía nada de turismo, pero hacía tiempo que me interesaba ese mundo. Decidí aprovechar esa oportunidad, a pesar de las dudas que pudiera suscitar en mi entorno profesional. Llegué a la Compagnie du Mont-Blanc en septiembre de 2009.
Desde entonces, he desarrollado allí la mayor parte de mi trayectoria profesional. En 2013 asumí la dirección general y he acompañado el desarrollo del grupo, que ha experimentado una profunda evolución al ampliar sus actividades más allá de los simples remontes mecánicos.
En el ámbito personal, estoy casado, soy padre de tres hijas y actualmente divido mi tiempo entre Annecy y Chamonix.
Mathieu Dechavanne, ¿cuáles son tus aficiones?
El deporte ocupa un lugar central en mi vida. Practico, sobre todo, alpinismo, esquí de travesía y kitesurf. Son disciplinas que encajan perfectamente conmigo, tanto por su exigencia física como por la relación directa que mantienen con los elementos naturales. El kitesurf lo practico más bien en el océano, mientras que el alpinismo y el esquí de travesía tienen lugar, como es natural, en el macizo del Mont Blanc.
Más allá de la práctica, lo necesito de verdad. El deporte es un equilibrio indispensable en mi día a día. Me permite tomar distancia, pensar de otra manera, salir del ritmo operativo. Es un espacio donde recupero una forma de sencillez y lucidez.

También me interesan mucho la geopolítica y el mundo artístico, con una especial inclinación por la arquitectura. Son ámbitos que alimentan mi reflexión, sobre todo a la hora de abordar los proyectos. La arquitectura, en particular, representa para mí una forma de integrar una obra en su entorno, con exigencia, coherencia y respeto por el lugar. De hecho, eso es lo que me ha llevado, en el marco de algunos proyectos, a colaborar con arquitectos de renombre. Este enfoque me parece esencial: permite ir más allá de una lógica puramente funcional para avanzar hacia algo más acertado, en consonancia con el emplazamiento.
Por último, mi última pasión, y no por ello menos importante, sigue siendo el tiempo que paso con mi familia, una verdadera brújula que contribuye a mi equilibrio.
Mathieu Dechavanne, ¿cuáles son tus motivaciones? ¿Por qué te levantas cada mañana?
Lo que me motiva profundamente es construir. Me gusta partir de situaciones a veces complejas, incluso difíciles, y reunir a un equipo para avanzar hacia un objetivo común. Necesito acción, proyectos y retos que afrontar a largo plazo. Es en esta dinámica donde me siento en mi elemento.
Me atraen especialmente los contextos exigentes, que al principio parecen casi imposibles, pero que se vuelven factibles gracias al compromiso y a la inteligencia colectiva. Transformar una situación, hacer evolucionar una organización, demostrar que se puede avanzar donde antes parecía difícil: eso es lo que me motiva cada día.
Al mismo tiempo, siento un profundo apego por la naturaleza. Creo que incluso soy un auténtico amante de ella. Y es precisamente esa sensibilidad la que guía mi forma de trabajar. En nuestro sector del urbanismo, no se trata solo de construir, sino de saber cuándo no intervenir.
En la montaña, el valor añadido no siempre consiste en añadir algo, sino a veces en saber no hacer nada.
Con el tiempo, he comprendido que los mejores proyectos no son aquellos que se conciben en solitario, sino los que se construyen junto con otros: representantes políticos, expertos, asociaciones y agentes locales. Este proceso requiere más tiempo y exige hacer concesiones, pero permite alcanzar resultados más justos, más sólidos y mejor aceptados. Esa es una firme convicción que tengo hoy en día.

Por último, hay un elemento fundamental que guía mi compromiso en el día a día: la seguridad. En nuestro sector, es una responsabilidad absoluta. Todo se organiza con un objetivo sencillo pero esencial: que todos puedan volver a casa sanos y salvos cada día. Esto supone una vigilancia permanente, una exigencia colectiva y una implicación constante. En este contexto, mi forma de dirigir está directamente relacionada con estos retos. Creo profundamente en la responsabilización de los equipos. Concedo autonomía, pero con una exigencia clara: todos deben estar plenamente comprometidos, como si dirigieran su propia actividad.
También soy inflexible en lo que respecta a la transparencia. En entornos en los que está en juego la seguridad, todo el mundo debe poder señalar un error, una duda o una dificultad sin reservas. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Sin embargo, no decir las cosas es inaceptable, ya que puede acarrear graves consecuencias.
Por último, fomento una cultura de la experimentación y la iniciativa. Hay que probar, experimentar y asumir riesgos calculados. Algunas cosas funcionan, otras no, pero lo importante es aprender. Para mí, el verdadero fracaso sería no aprender de una situación o repetir los mismos errores. Es esta capacidad de progresar continuamente la que nos permite avanzar colectivamente.
¿Cuál es tu mayor satisfacción?
En el ámbito profesional, hay dos logros de los que me siento especialmente orgulloso.
La primera se refiere al trabajo realizado en la Aiguille du Midi desde 2013. Hemos puesto en marcha un amplio programa de renovación, que incluye, entre otras cosas, la creación de una nueva escenografía y experiencias como el «Pas dans le Vide». Este proyecto nos ha brindado la oportunidad de encontrar un equilibrio especialmente delicado entre la puesta en valor turística y el respeto por un paraje natural excepcional. Creo que hemos logrado crear una experiencia que realza el entorno sin desnaturalizarlo, aportando emoción y sentido, al tiempo que nos mantenemos fieles a la historia del lugar. Los comentarios que recibimos hoy confirman que este enfoque es acertado, y eso supone una verdadera satisfacción colectiva.

La segunda está relacionada con la reconstrucción del complejo de Les Grands Montets, tras el incendio. Más allá del proyecto en sí, de lo que me siento orgulloso es de haber logrado volver a movilizar a unos equipos profundamente afectados por este suceso y de haber reactivado el impulso en torno a un proyecto ambicioso. Hemos replanteado este complejo teniendo en cuenta los retos actuales, especialmente los relacionados con el cambio climático, apoyándonos en socios y en conocimientos especializados de alto nivel. El trabajo realizado con el arquitecto Renzo Piano es un claro ejemplo de ello. Hoy, el proyecto está en marcha, se han superado las etapas una a una y, aunque aún queda camino por recorrer, ya es un gran motivo de orgullo.
En términos más generales, mi satisfacción también reside en el trabajo en equipo. Ver cómo progresan los equipos, constatar que algunas personas evolucionan y se consolidan en su puesto, o llevar a buen término un proyecto complejo en buenas condiciones: son esos momentos los que dan sentido a lo que hacemos. Es también ahí cuando me digo a mí mismo que vamos por el buen camino.
¿Cuál es tu mayor arrepentimiento?
No me gusta mucho hablar de arrepentimientos. No es un concepto con el que me identifique. Preferiría hablar de cicatrices, de cosas que dejan una huella duradera.
A lo largo de mi trayectoria, han sido sobre todo algunos accidentes laborales los que me han marcado profundamente. Se trata de situaciones extremadamente difíciles desde el punto de vista humano, que generan una especie de responsabilidad, a veces incluso de culpa, aunque no se haya demostrado que haya habido negligencia. Como directivo, no puedes quedarte al margen: piensas que eso no debería pasar. Son experiencias que perduran, que vuelven a la mente con frecuencia. No se borran. Pero también han moldeado mi forma de trabajar. Refuerzan mi nivel de exigencia y mi compromiso con las cuestiones de seguridad, que siguen siendo una prioridad absoluta en nuestras profesiones.
No pienso en términos de fracaso o arrepentimiento. Me identifico bastante con la idea de que cada situación es o bien un éxito, o bien una experiencia de la que se aprende. Para mí, el verdadero fracaso sería repetir exactamente lo mismo que no ha funcionado. Aparte de eso, cada etapa, por difícil que sea, forma parte del aprendizaje.
Si tuvieras una lista con tres deseos para la montaña, ¿cuáles serían?
Al final tengo cuatro, que me parecen esenciales.
El primero se refiere a la transmisión. Es fundamental preservar el legado y permitir que las generaciones jóvenes, así como las que vendrán después, sigan teniendo acceso a la montaña en todas sus formas. Se trata de una responsabilidad colectiva.

El segundo se refiere a la conservación de la naturaleza. La montaña debe seguir siendo un lugar de recarga de energías, tanto para el cuerpo como para el corazón y la mente. Eso es lo que la hace única, y eso es lo que debemos proteger a toda costa.
El tercero es de carácter económico. La montaña debe seguir desempeñando su papel de pilar para los territorios, pero de forma razonable. Sin ese equilibrio, no habrá más empleo, ni turismo y, a la larga, los destinos perderán su atractivo.
Por último, el último punto es sin duda el más determinante: construir una visión verdaderamente compartida. Esto supone involucrar a todos los actores (profesionales, representantes políticos, habitantes) para comprender mejor los retos futuros, ya estén relacionados con el calentamiento global o con el equilibrio económico. Solo así la montaña podrá seguir evolucionando de manera coherente.

Mathieu Dechavanne, ¿cómo ve el futuro?
A corto y medio plazo, lo que viene a continuación me parece muy claro: está estrechamente relacionado con el proyecto de Les Grands Montets. Se trata de una obra de enorme envergadura, sin duda la más determinante de mi carrera. Partimos de cero tras el incendio, en un entorno extremadamente limitado: sin carreteras, sin redes, y con una intervención en un emplazamiento que es a la vez técnico y está muy protegido. Es un reto considerable, tanto humano como técnico y medioambiental.
Este proyecto resume por sí solo gran parte de los retos actuales de la montaña. Exige combinar el rigor técnico, el respeto por el entorno y la capacidad de pensar a largo plazo. Su culminación será, para mí, un momento decisivo.
Es un trabajo a largo plazo que requiere una gran cantidad de energía, conocimientos y recursos. Pero también es este tipo de proyectos el que da sentido a mi compromiso hoy en día.
Por lo demás, no tengo un plan de carrera definido. Ante todo, me centro en lo que hago, siguiendo una línea sencilla: comprometerme plenamente con los proyectos en curso y llevarlos a cabo con rigor y coherencia. Me gusta mi trabajo, me gustan las responsabilidades que conlleva, y sigo adelante con esta lógica, sin perder de vista lo esencial.
































