En el corazón de la Cordillera Cantábrica, donde la montaña sigue siendo un espacio de identidad y compromiso territorial, Fco. Javier Martínez Iglesias lidera la estación de esquí de Valgrande-Pajares desde hace una década, con una visión que trasciende la gestión operativa. Apasionado de la mecánica, profundamente vinculado al deporte y con una trayectoria marcada por la evolución constante, su perfil combina conocimiento técnico, experiencia en el terreno y una sensibilidad especial hacia el papel social de la nieve. En este Face to Face, descubrimos no solo al director, sino también a la persona que entiende la montaña y el deporte como un ecosistema vivo, donde cada decisión influye en el futuro del territorio.
Javier ¿podrías hablarnos de tu trayectoria personal y profesional?
Me llamo Francisco Javier Martínez Iglesias y soy originario de Casares de Arbás, un pequeño núcleo de la montaña leonesa situado en el entorno directo de la estación. Mi vínculo con el esquí comienza a una edad muy temprana, a los siete años, influido por una fuerte tradición familiar, ya que mi padre formó parte del equipo nacional de esquí de fondo. Este contexto marcó desde el inicio mi orientación personal y deportiva.
Desde entonces, mi trayectoria ha estado completamente ligada al esquí y a la montaña. Comencé en el ámbito competitivo dentro de la Federación Asturiana, lo que me permitió desarrollar una base sólida como deportista. Con la voluntad de continuar en este sector, cursé estudios en el INEF de León, donde me licencié en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte.
Durante mi etapa universitaria, orienté todos mis trabajos hacia el mundo de la nieve, abordando diferentes dimensiones del rendimiento y de la técnica, desde la preparación física y la electroestimulación hasta estudios específicos relacionados con disciplinas como el salto de trampolín. Esta especialización reflejaba una clara intención de construir un recorrido profesional coherente dentro del ámbito del esquí.

Paralelamente, desarrollé una experiencia directa como entrenador de esquí de fondo durante aproximadamente cinco o seis años, lo que me permitió adquirir una visión práctica del terreno y del funcionamiento real de la actividad en montaña.
A esta base deportiva y académica se suma una vertiente técnica que también forma parte de mi trayectoria. Siempre he tenido un interés marcado por la mecánica (especialmente en el ámbito de motocicletas, automóviles y maquinaria antigua), que he complementado con formación en mantenimiento industrial. Aunque en origen respondía a una motivación personal, esta dimensión ha resultado ser especialmente útil en el contexto profesional de una estación de esquí, donde la gestión de infraestructuras y equipamientos requiere un conocimiento técnico aplicado.

Toda mi trayectoria, tanto formativa como profesional, ha estado siempre estrechamente ligada al esquí y a la montaña. Finalmente, se presentó la oportunidad de acceder, mediante una convocatoria de empleo público, al puesto de director de la estación, un paso determinante que me permitió consolidar este recorrido y asumir una responsabilidad directa en la gestión y desarrollo de una infraestructura clave para el territorio.
¿Cuales son tus pasiones ?
Si tuviera que hablar de mis pasiones, más allá del ámbito profesional, sin duda la principal es mi hijo. Como le ocurre a cualquier padre, ocupa un lugar central y condiciona en gran medida la manera en la que uno entiende el tiempo, las prioridades y la vida en general.
Dicho esto, cualquier actividad al aire libre forma parte esencial de lo que considero una pasión. La montaña, en todas sus dimensiones, es el eje de esa relación. No se trata únicamente de un entorno en el que trabajo, sino de un espacio en el que me siento plenamente identificado, tanto en invierno como en verano. He tenido la oportunidad de realizar ascensiones significativas, como el Mont Blanc, así como varios picos de más de 3.000 metros tanto en los Pirineos como en los Alpes, lo que refleja una conexión real y continuada con la alta montaña.

Dentro de este universo, el esquí de fondo ocupa un lugar especialmente importante. Ha sido la disciplina que ha marcado mi vida desde el inicio y que ha definido tanto mi recorrido deportivo como mi forma de entender el esfuerzo, la constancia y la relación con el medio natural.
A esta dimensión se suma también un interés muy marcado por la mecánica, especialmente en el ámbito de las motocicletas, los automóviles y la maquinaria. Es una pasión que siempre me ha acompañado y que, además de su componente personal, ha terminado teniendo una utilidad práctica en el contexto de la estación, donde el conocimiento técnico de los equipos y de las infraestructuras resulta especialmente valioso.

Por otro lado, una de las mayores satisfacciones personales (y que también podría considerarse una pasión) es ver cómo las nuevas generaciones se acercan a la montaña. Observar a jóvenes y principiantes descubrir por primera vez los deportes de invierno y el medio natural es algo especialmente motivador. En ese sentido, una parte fundamental de mi vocación está en facilitar ese primer contacto, en acercar la montaña al mayor número de personas posible y en transmitir lo que este entorno representa.
¿Cuáles son tus motivaciones ?
En el ámbito profesional, mi principal motivación está profundamente ligada a mi origen y al territorio del que procedo. Soy de esta zona, un entorno que históricamente ha vivido de sectores como la minería, la ganadería y, en menor medida, la agricultura. Sin embargo, en los últimos años, estas actividades han sufrido una transformación muy dura, provocando una pérdida de población muy significativa y un debilitamiento del tejido socioeconómico local.

En este contexto, la estación de esquí representa un elemento dinamizador fundamental, tanto a nivel social como económico. Mi motivación diaria nace precisamente de esa realidad: cuanto mejor funciona la estación, mejor le va al territorio. La actividad que genera no solo impulsa la economía local, sino que también contribuye a que las personas puedan asentarse, desarrollar proyectos de vida y mantener vivos estos entornos de montaña.
El hecho de ser de aquí refuerza aún más ese compromiso. Existe una implicación personal muy fuerte en el deseo de que la zona prospere, de que llegue gente, de que se genere actividad económica y de que se creen oportunidades reales para la población local.
Además, considero que, en el contexto actual en España, donde se habla cada vez más de la “España vaciada”, es fundamental entender que las estaciones de esquí son una de las pocas herramientas capaces de fijar población en las zonas de montaña. Por ello, creo que debería existir una apuesta más decidida por este tipo de infraestructuras, ya que su impacto va mucho más allá del ámbito deportivo: son motores de desarrollo territorial.
¿Cuál es tu mayor satisfacción?
En el plano personal, mi mayor satisfacción está claramente vinculada a mi familia: mi hijo, mi pareja y, en general, el haber sabido aprovechar las oportunidades que la vida me ha ido ofreciendo. Desde el punto de vista profesional, destacaría la satisfacción de haber formado parte de un equipo de trabajo sólido y comprometido, además de la fuerza, empuje y unión de la gran masa social de Valgrande Pajares con una visión clara del desarrollo de la estación. Contábamos con un plan director bien estructurado y con un importante trabajo previo ya realizado, lo que nos permitió aprovechar una oportunidad clave: la llegada de fondos europeos.
Gracias a ese contexto, pudimos poner en marcha la denominada “fase uno” del proyecto de modernización de la estación. El objetivo era transformar una infraestructura con más de 70 años de historia (con sus fortalezas, pero también con sus limitaciones) en una estación más eficiente, adaptada a las exigencias actuales y con una mayor proyección de futuro.

Esta transformación no solo tenía un impacto técnico, sino también territorial. Se trataba de garantizar la continuidad de la estación como motor económico para la zona, apoyando a los numerosos pequeños empresarios que dependen de la temporada de invierno, y avanzando al mismo tiempo hacia una progresiva desestacionalización, desarrollando actividad también en verano.
Formar parte de ese proceso, haber contribuido a materializar inversiones como la instalación de un telecabina y a sentar las bases de un modelo más sostenible y duradero para la estación, representa para mí una de las mayores recompensas profesionales.
¿Cuál es tu mayor pesar ?
Sí, sin duda tengo un pesar, y además es algo que en los últimos tiempos me pesa especialmente. En el plano personal, reconozco que durante estos años (en torno a diez temporadas) he dedicado una parte muy importante de mi tiempo y de mi energía al trabajo, en ocasiones por encima de la familia. Es una consecuencia directa del nivel de implicación que exige la gestión de una estación de esquí y, en mi caso, de esa pasión por hacer que todo funcione correctamente y bajo un estándar muy exigente.
No lo expreso como algo negativo en sí mismo, sino como una realidad que forma parte de esta profesión. Sin embargo, es cierto que, con el tiempo, uno toma conciencia de que ese nivel de dedicación puede tener un impacto en las personas que están alrededor. Afortunadamente, en mi caso, mi entorno lo ha comprendido y lo ha apoyado, pero siempre queda ese pequeño sentimiento de no haber equilibrado completamente ambas dimensiones.

En el plano profesional, mi principal pesar está relacionado con el hecho de no haber podido completar aún el proyecto de desarrollo de la estación tal y como estaba previsto inicialmente. Tras la ejecución de la primera fase, iniciada en 2022, queda pendiente la denominada “fase dos”, que permitiría dar continuidad y coherencia al conjunto del proyecto.
Se trata de una fase en la que se sigue trabajando, pero cuyo avance está siendo más lento de lo deseado. Llevamos ya varios años con este proceso parcialmente bloqueado, lo que genera cierta frustración desde el punto de vista de la planificación y del desarrollo estratégico de la estación aunque considero que con constancia y trabajo lo sacaremos adelante.
Si tuvieras una lista de tres deseos para la montaña, ¿cuáles serían?
Si tuviera que formular tres deseos para la montaña, el primero estaría dirigido al ámbito político. Considero fundamental que quienes tienen responsabilidades en la gestión del territorio sean capaces de diferenciar entre lo que es el paisaje y lo que es el paisanaje. Es decir, no se puede convertir la montaña en un espacio meramente contemplativo, casi como un museo, sin tener en cuenta a las personas que viven en ella. Es imprescindible que las políticas públicas favorezcan el asentamiento de población en las zonas de montaña y permitan que quienes habitan estos territorios puedan desarrollar su vida y su actividad económica.
La ausencia de población tiene consecuencias muy visibles, como se ha podido comprobar con los incendios recientes, en gran parte vinculados al abandono del territorio. Por ello, el equilibrio entre conservación y actividad humana resulta esencial.

El segundo deseo estaría relacionado con el ámbito educativo. Creo que la montaña debería integrarse de manera más estructural en la formación de los jóvenes. Iniciativas como la “Semana Blanca”, coordinada desde los departamento de educación física de los centros educativos, permiten a los escolares tener un primer contacto con los deportes de invierno a un coste muy reducido, son un ejemplo muy positivo. En esa línea, sería interesante desarrollar proyectos complementarios, como una “Semana Verde”, que trasladara esa experiencia al verano y permitiera descubrir la montaña desde otras perspectivas.
Por último, mi tercer deseo sería que la sociedad en su conjunto tome una mayor conciencia del valor de la montaña. No solo desde el punto de vista recreativo o deportivo, sino también en términos de conservación y responsabilidad. Es necesario avanzar hacia una cultura en la que se entienda la importancia de estos entornos naturales y en la que cada persona asuma un comportamiento respetuoso cuando forma parte de ellos.
¿Cómo ves el futuro ?
Creo que el punto de partida es entender que la montaña siempre va a estar ahí. Es un elemento permanente, mientras que somos nosotros quienes estamos de paso. Desde esa perspectiva, deberíamos abordar su gestión desde el máximo respeto.
En cuanto al futuro de la nieve y de las estaciones de esquí, considero que estamos en un momento en el que se generan muchos discursos, a veces contradictorios. Más allá de estas percepciones, es importante entender que la montaña y las estaciones de esquí deben considerarse como un recurso más, no únicamente desde el punto de vista deportivo o cultural, sino también como un elemento clave en la fijación de población y en el desarrollo económico de los territorios de montaña.
Existe una idea que a menudo no se comprende suficientemente: aunque las estaciones de esquí, en términos estrictamente operativos (como los remontes), puedan presentar déficits, su impacto global en el territorio es muy positivo. Generan actividad económica, empleo y oportunidades, lo que justifica su existencia desde una perspectiva más amplia de retorno social.

En este sentido, el futuro de las estaciones dependerá en gran medida de la capacidad de los responsables políticos para entender esta realidad y apostar por ellas de manera decidida. Evidentemente, esto debe ir acompañado de una gestión eficiente, basada en la optimización de recursos y en la búsqueda del máximo retorno para la sociedad.
Asimismo, es fundamental avanzar hacia modelos menos dependientes exclusivamente de la temporada de invierno, desarrollando actividades complementarias en verano y aprovechando al máximo las infraestructuras existentes.
Si se dan estas condiciones (comprensión política, eficiencia en la gestión y diversificación de la actividad), considero que el futuro de la montaña y de las estaciones de esquí está asegurado. De hecho, basta con observar el territorio: allí donde existe una estación de esquí, la montaña sigue habitada; donde no la hay, en muchos casos, la despoblación es total.
No obstante, también es necesario que las decisiones políticas adopten una visión a largo plazo. La montaña no puede gestionarse con una lógica cortoplacista, ya que su realidad y su impacto trascienden los ciclos políticos. Pensar en el futuro de la montaña implica asumir que se trata de un proyecto de largo recorrido, que requiere continuidad, coherencia y responsabilidad.
Si me lo permites, me gustaría tener tu visión, sin filtros, sobre la gestión de la estación de esquí Valgrande Pajares
Si tengo que hablar sin filtros, creo que uno de los principales problemas que tenemos hoy en día en las estaciones de esquí públicas no es técnico, sino estructural. Estamos gestionando instalaciones que, en realidad, funcionan como empresas de transporte por cable, en un entorno complejo como es la montaña, pero bajo un sistema administrativo que muchas veces no está adaptado a esa realidad.
Aquí no estamos hablando de algo sencillo. La nieve, el viento, la seguridad, el mantenimiento… todo requiere rapidez en la toma de decisiones y un conocimiento muy específico del terreno. Y muchas veces, las decisiones se toman desde entornos que no conocen esa realidad, lo que genera una desconexión importante.
Un ejemplo claro lo tenemos en los recursos humanos. En una estación de esquí, el conocimiento del medio es fundamental. Sin embargo, nos encontramos con situaciones en las que una parte importante de la plantilla no tiene esa base, incluso en aspectos tan básicos como moverse en la nieve. Eso, desde el punto de vista operativo, es muy complicado de gestionar.
A esto se suma que, en muchos casos, la gestión se ve condicionada por dinámicas políticas o administrativas que no siempre permiten avanzar al ritmo que la estación necesita. Hay proyectos que podrían desarrollarse mucho más rápido, pero que se ralentizan por falta de continuidad o por decisiones que no responden a una lógica técnica.

Dicho esto, también quiero dejar claro algo que para mí es fundamental: las estaciones de esquí son una herramienta clave para el territorio. Más allá de su rentabilidad directa, generan empleo, actividad económica y, sobre todo, permiten fijar población en zonas de montaña donde, de otra manera, sería muy difícil mantener tejido social.
Por eso, no se trata de cuestionar el papel de lo público, sino de cómo se gestiona. Creo que es necesario avanzar hacia modelos más flexibles, más profesionales y más adaptados a la realidad de este tipo de infraestructuras. Porque el potencial está ahí, pero para aprovecharlo necesitamos un sistema que funcione mejor.
































