Para muchos madrileños, el Teleférico no es solo un medio de transporte por cable suspendido en el aire: es un recuerdo de infancia, una postal en movimiento, una forma distinta de mirar la ciudad. Durante décadas, sus cabinas surcaron el cielo entre el Paseo del Pintor Rosales y el Casa de Campo, enlazando el corazón urbano con el gran pulmón verde de Madrid. Desde sus alturas el viaje ofrecía una perspectiva única: el perfil del Palacio Real más grande de Europa Occidental y la Catedral de la Almudena al fondo, el trazado del río Manzanares, las copas interminables de los pinos piñoneros y encinas de la Casa de Campo y, en días claros, una panorámica abierta que permitía observar algunos de los picos más representativos del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. El trayecto, de unos 2,5 kilómetros y apenas once minutos de duración, era corto en tiempo, pero largo en emociones.
Hoy, esa memoria colectiva empieza a proyectarse de nuevo hacia el futuro. Madrid prepara el regreso de uno de sus iconos más reconocibles. La Empresa Municipal de Transportes (EMT Madrid) activó en abril de 2025 el procedimiento para renovar por completo el Teleférico de Madrid -sistema, cabinas y estaciones- mediante un contrato de gran envergadura que, por sus plazos y fases, desplaza la reapertura más allá de la mitad de 2026 y la sitúa de forma realista en el horizonte de 2027.
La operación no es una simple puesta a punto. Supone cerrar definitivamente la etapa iniciada en 1969 para dar paso a una infraestructura totalmente nueva: tecnología actualizada, automatización avanzada, accesibilidad universal, menor impacto acústico y eléctrico y una experiencia de visita acorde con el turismo urbano contemporáneo de una gran capital europea. Un teleférico que aspira no solo a transportar pasajeros, sino a recuperar una forma de mirar Madrid desde el aire, allí donde la ciudad se encuentra con su paisaje natural.
Por que no hay que olvidar que Madrid es reconocida por ser una de las ciudades más arboladas del mundo y la capital europea con más árboles, destacando por sus 5,7 millones de árboles en sus calles y zonas verdes, y por su gestión eficiente que le ha valido el título de «Ciudad Arbórea del Mundo» por la ONU durante seis años consecutivos.
Cómo será la renovación integral del Teleférico de Madrid
Según la información oficial publicada por EMT Madrid, el contrato contempla dos tramos principales: redacción del proyecto de ejecución y ejecución de las obras, con un horizonte total de 26 meses desde la formalización (14 meses para proyecto y obra, y 12 meses adicionales tras finalizar los trabajos para puesta en marcha, seguimiento y primera revisión anual del fabricante). Ese diseño contractual es clave para entender por qué el calendario se estira más allá de 2026.
En cifras, EMT fija un valor estimado de contrato de 31,99 millones de euros, mientras que el presupuesto base de licitación asciende a 36,87 millones. La diferencia entre magnitudes (estimación, base de licitación, impuestos y partidas anexas) es habitual en contratos públicos complejos que integran, además de obra y tecnología, obligaciones de arranque y verificación operativa.

La transformación se juega en tres planos: la experiencia de cabina, la accesibilidad de las estaciones y el salto tecnológico del sistema.
En enero de 2026, el Ayuntamiento de Madrid comunicó el inicio de una fase visible del proyecto -el desmontaje del cableado original- y concretó elementos relevantes del nuevo teleférico de la Casa de Campo de Madrid:
«el sistema será monocable, con 47 cabinas panorámicas para diez personas y una integración arquitectónica de las estaciones en su entorno»
En ese mismo comunicado se subraya que las cabinas se fabrican en la factoría de Doppelmayr en Suiza, un dato significativo por el peso de este fabricante en el sector del transporte por cable a nivel mundial.
A nivel tecnológico, el Ayuntamiento habla de una infraestructura de vanguardia con sensores y analítica para seguridad activa, integración digital y un enfoque de ciberseguridad; y, en el plano ambiental, de medidas para reducir emisiones asociadas al proyecto y optimizar el consumo energético.

Técnicamente, el Teleférico de Madrid será una telecabina monocable de vaivén continuo, es decir, cabinas cerradas que circulan de forma permanente sobre un mismo cable portador-tractor, exactamente igual que la mayoría de las telecabinas modernas de montaña. El antiguo sistema de 1969, era un sistema bicable.
De 1969 a hoy: una infraestructura histórica que acusó el paso del tiempo
El Teleférico de Madrid fue inaugurado en junio de 1969 y se concibió como conexión aérea entre Pintor Rosales y el Cerro Garabitas (Casa de Campo), con un recorrido en torno a 2,5 km y un viaje de unos 11 minutos, a una altura aproximada de 40 metros. EMT recuerda que la construcción se realizó con directrices técnicas de la empresa suiza Von Roll bajo supervisión del entonces Ministerio de Obras Públicas.

El cierre se explica por un diagnóstico técnico: EMT sitúa la suspensión del servicio y el cierre en 2022 tras una inspección de cable con resultado desfavorable, en un contexto de obsolescencia acumulada.
A partir de ahí, el proyecto se reinterpreta ya no como “atracción de siempre”, sino como infraestructura urbana con vocación turística y, potencialmente, también de movilidad suave entre la ciudad consolidada y su gran parque metropolitano.
Historia de la Casa de Campo de Madrid y su teleférico: de Real Sitio a escenario de la historia contemporánea
Para comprender por qué el Teleférico posee una carga emocional tan profunda en la memoria colectiva madrileña, es imprescindible detenerse en el territorio que atraviesa: la Casa de Campo, un espacio que ha sido, durante más de cinco siglos, reflejo directo de la historia política, social y urbana de Madrid. No se trata solo de un parque urbano, sino de una extensión territorial de escala excepcional con más de 1.700 hectáreas.
«La Casa de Campo es cinco veces más grande que el Central Park de Nueva York y 6,5 veces más extensa que el Hyde Park de Londres»
, una comparación que ayuda a entender su dimensión real y su peso estratégico dentro del paisaje de la capital de España.
Esta inmensidad física explica también su diversidad de usos, su capacidad para absorber infraestructuras sin perder identidad y, sobre todo, la sensación de horizonte abierto que ofrece el «Teleférico» al sobrevolarla: una experiencia poco habitual en las grandes capitales europeas, donde naturaleza, historia y ciudad conviven a una escala tan generosa.
Su origen se remonta al siglo XVI, cuando Felipe II decide fijar la capital en Madrid y anexionar estos terrenos al patrimonio de la Corona. Nace así un vasto Real Sitio concebido para la caza, el recreo y el abastecimiento agrícola del Palacio Real. Bosques ordenados, huertas, caminos radiales y construcciones auxiliares configuraron un paisaje cuidadosamente diseñado, reservado a la monarquía y a la corte durante generaciones.
Entre los elementos patrimoniales que aún jalonan la Casa de Campo, destaca el Palacio de los Vargas, la construcción histórica más representativa del antiguo Real Sitio. Fue edificado en 1519 por encargo de Francisco de Vargas y se conservó prácticamente intacto durante más de dos siglos, hasta que en 1767 Carlos III ordenó su primera remodelación, confiando el proyecto al arquitecto Francesco Sabatini, figura clave del Madrid ilustrado.
El edificio adquirió un papel singular durante la ocupación napoleónica. En 1808, José Bonaparte eligió el Palacio de los Vargas como residencia habitual, al considerarlo más fácil de proteger que el cercano Palacio Real por su escala y su posición estratégica dentro del recinto arbolado. El monarca accedía al palacio a través de un túnel-gruta subterráneo que partía de los jardines del Campo del Moro y desembocaba en las inmediaciones del Puente del Rey, una infraestructura pensada para garantizar desplazamientos discretos y seguros.
A principios del XX, su posición estratégica convirtió a la Casa de Campo que sobrevuela el teleférico madrileño en escenario de algunos de los episodios más duros de la historia reciente de España. Durante la Guerra Civil, especialmente en la Batalla de Madrid (1936), la Casa de Campo fue uno de los principales frentes de combate. Todavía hoy, el terreno conserva vestigios de trincheras, fortificaciones improvisadas y restos defensivos que recuerdan su papel como línea de resistencia en la defensa de la ciudad. Pocos parques urbanos europeos han sido, de forma tan directa, campo de batalla.
El gran punto de inflexión llega con la Segunda República. El 20 de abril de 1931, apenas unos días después de la proclamación del nuevo régimen, un decreto del Ministerio de Hacienda uncautó la Casa de Campo y la cedió al Ayuntamiento de Madrid para convertirla en parque público de recreo e instrucción. El gesto tiene un valor profundamente simbólico: un espacio históricamente reservado al poder pasa a manos del pueblo. Desde ese momento, la Casa de Campo se convierte en un lugar de paseo, deporte y ocio popular, y comienza a integrarse en la vida cotidiana de los madrileños.
A lo largo del siglo XX, el recinto acoge acontecimientos de gran calado social y cultural realizados durante el periodo franquista. En 1950 se inaugura el Zoo de Madrid, y en 1969 se pone en funcionamiento el Parque de Atracciones reforzando su papel como espacio lúdico metropolitano. Ese mismo año entra en servicio el Teleférico de Madrid, que añade una nueva dimensión: la mirada aérea sobre la ciudad y su paisaje natural.
En 2010, la Comunidad de Madrid reconoce oficialmente esta densidad histórica y paisajística declarando la Casa de Campo Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Sitio Histórico. No se protege solo un parque, sino un territorio que condensa siglos de usos, conflictos, transformaciones urbanas y memoria colectiva.
Este pasado no es un simple telón de fondo. Condiciona el presente y da sentido al futuro. Hoy, la Casa de Campo es el mayor pulmón verde de Madrid, un espacio de ocio masivo, deporte y naturaleza, pero también un paisaje cultural estratificado, donde conviven caminos históricos, restos bélicos, infraestructuras del siglo XX y nuevos usos ciudadanos.
En esta lectura, el nuevo Teleférico de Madrid no se limitará a sobrevolar árboles: conectará de nuevo la ciudad contemporánea con un territorio que ha sido coto real, frente de guerra, parque del pueblo y símbolo de apertura urbana.
































