La noticia llegó con la primera luz del alba: en su refugio de las montañas de Utah, Robert Redford ha fallecido a los 89 años. El legendario actor y director se apagó el 16 de septiembre de 2025 en su casa de Sundance, “el lugar que amaba, rodeado de sus seres queridos”. Se va así una de las grandes leyendas de Hollywood, el eterno chico de oro de los años setenta, ganador de dos premios Óscar, narrador de historias inolvidables y apasionado defensor de la naturaleza. Su partida deja una estela de recuerdos imborrables en el cine y en las cumbres nevadas que tanto amó.
La estrella que brilló en Hollywood
Con su sonrisa cautivadora y talento natural, Redford conquistó Hollywood en la segunda mitad del siglo XX. Alcanzó la fama con clásicos imperecederos como Dos hombres y un destino (1969) y El golpe (1973), que definieron una era. En la década de 1970 dominó la taquilla con éxitos consecutivos como El candidato (1972), Tal como éramos (1973) y Todos los hombres del presidente (1976), coronando la década con el Óscar al mejor director en 1980 por Gente corriente. Ya fuera encarnando a un forajido carismático del Lejano Oeste junto a Paul Newman o a un valiente periodista investigando el caso Watergate, Redford demostró una versatilidad y un carisma únicos en la pantalla.
Durante su ilustre carrera de más de cinco décadas, Redford también se situó detrás de la cámara, dirigiendo películas aclamadas y elevando el cine independiente a nuevas alturas. Fue el fundador del Festival de Cine de Sundance, una iniciativa nacida de su empeño por dar voz a cineastas emergentes fuera del sistema de los grandes estudios. “Para mí, la palabra que hay que subrayar es ‘independencia’… Pensé: ‘quizá pueda dedicar mis energías a dar una oportunidad a esa gente’”, explicaba el propio Redford al recordar la génesis de Sundance. Aquello que comenzó a finales de los 70 como un modesto taller para jóvenes realizadores en las montañas de Utah se convirtió con los años en el festival de cine independiente más importante del mundo. En 2002, la Academia de Hollywood reconoció su trayectoria polifacética concediéndole un Óscar honorífico, elogiándolo como
“actor, director, productor, creador de Sundance, inspiración para cineastas independientes e innovadores de todo el mundo”.
Pocas figuras han dejado una huella tan profunda en el séptimo arte como la de Robert Redford.
Sundance: arte, esquí y naturaleza en un solo lugar
Robert Redford convirtió su Sundance Mountain Resort en un paraíso que combina naturaleza, arte y deportes de invierno: “Sundance es una comunidad artística, una comunidad recreativa, una comunidad de personas que aprecian la belleza de la naturaleza y sienten la responsabilidad de preservarla” – afirmó el actor sobre el espíritu de este lugar.
La conexión de Redford con las montañas de Utah nació mucho antes de su fama en Hollywood. En 1961, recién casado y con sueños por cumplir, compró un terreno de dos acres en Provo Canyon, al pie de las nevadas cumbres de Timp Haven. Allí construyó una pequeña cabaña de madera donde vivió con su familia, abrazando el estilo de vida sencillo de la montaña mientras rodaba sus primeras películas. En 1969 aquel antiguo resort de esquí pasó a llamarse Sundance Mountain Resort, bautizado así por el forajido Sundance Kid que Redford interpretó en el cine. Desde el principio, Redford tuvo una filosofía clara de conservación para su refugio alpino: “desarrollar un poco y preservar mucho”. Rechazó las ofertas de grandes inversores que soñaban con cubrir el valle de condominios y expansión desmedida, manteniendo Sundance intocado, íntimo y en armonía con el entorno natural. Desarrollar muy poco y preservar mucho se convirtió en la máxima del lugar y en el legado ambientalista del actor.
Bajo su tutela durante más de medio siglo, Sundance se transformó en algo más que una estación de esquí: un cruce de caminos entre la cultura y la naturaleza. Redford fundó allí el Instituto Sundance, semillero de su famoso festival de cine, integrando talleres de arte y proyecciones con las actividades de montaña
“Sundance es un lugar mágico: unimos el poder del arte, la comunidad y el respeto al medioambiente”
, solía decir para describir la simbiosis única que allí floreció. No es casualidad que en ese mismo escenario Redford encontrara también el amor de su segunda esposa, la pintora Sibylle Szaggars, a quien conoció mientras ella esquiaba en Sundance en 1996. El resort era, en cierto modo, la encarnación física del espíritu de Redford: creatividad, aventura y respeto por la tierra fusionados en un mismo enclave.
Tras décadas de dedicación, y tal y como publicamos en I Love Ski en enero de 2021, Redford tomó la difícil decisión de vender Sundance Mountain Resort a nuevos propietarios, buscando garantizar su continuidad y esencia en el futuro. “El cambio es inevitable y sabíamos que, en el momento adecuado y con las personas adecuadas, podríamos hacer la transición”, anunció al cerrar el trato con dos firmas inversoras, enfatizando que estos nuevos dueños compartían “los valores e interés en mantener el carácter único del complejo, honrando su historia, comunidad y belleza natural”. Aun desprendiéndose de su “hogar” montañés, Redford se aseguró de que su legado de sostenibilidad y encanto genuino perdurara. De hecho, los actuales gestores del resort han respetado esa visión: incluso han anunciado la construcción de un nuevo telesilla de alta velocidad bautizado Electric Horseman (en honor a una de las películas de Redford) para la próxima temporada, rindiendo tributo al hombre que dio alma a Sundance. El alma de Redford sigue así viva en cada rincón de ese cañón de Utah: en el susurro del viento entre los pinos, en la risa de los esquiadores que descienden por sus laderas y en las notas de guitarra que resuenan en el Owl Bar durante las noches de invierno.
Pasión por el esquí dentro y fuera de la pantalla
Robert Redford llevó su pasión por la nieve al cine interpretando a un esquiador olímpico en Downhill Racer (1969), un drama deportivo convertido en película de culto para los amantes del esquí que sin lugar a dudas, forma parte de las mejores películas de invierno.
Además de vivir la montaña en su vida personal, Redford inmortalizó el mundo del esquí en la gran pantalla. En Downhill Racer (conocida en España como El descenso de la muerte), encarnó a un ambicioso corredor olímpico enfrentado a las glorias y sinsabores de la competición. Aunque en su estreno fue modesta en taquilla, con el tiempo esta película se considera una de las más icónicas sobre el esquí de competición, mostrando tanto el glamour como la dureza detrás de la vida de un esquiador. No fue fácil llevarla a cabo: Redford insistió personalmente en producirla, luchando contra el escepticismo de los estudios que dudaban del atractivo comercial de una cinta sobre esquí. Su tenacidad dio fruto en una obra auténtica que hoy inspira a muchos atletas de invierno.
Fuera de la ficción, la huella de Redford en la comunidad del esquí es profunda. Esquiadores de élite como Lindsey Vonn le han rendido homenaje tras su fallecimiento, reconociendo cómo acercó este deporte al gran público. “Gracias por hacer que las carreras de esquí fueran algo realmente ‘cool’”, escribió la campeona olímpica Vonn al despedirse de él, revelando que Redford había seguido su trayectoria con interés desde sus inicios. Y es que para generaciones de deportistas, Redford fue más que una estrella de cine: fue un embajador apasionado de la vida en la montaña. No solo Downhill Racer inspiró a esquiadores; el propio Redford solía aparecer en la estación de esquí Sundance calzándose los esquís, deslizándose junto a sus hijos por las pistas nevadas de su querido resort. Su amor genuino por el esquí y la naturaleza traspasó la pantalla, sirviendo de inspiración para que muchos descubrieran la magia de deslizarse por la nieve bajo un cielo abierto.
Legado de un esquiador conservacionista
Robert Redford se marcha dejando tras de sí un legado excepcional, tejido con hilos de cine, arte y conciencia ecológica. Su nombre queda escrito junto al de los grandes mitos de Hollywood, pero también en la historia de las montañas que defendió. Inspiró a toda una generación de cineastas independientes a perseguir su visión creativa fuera de los márgenes comerciales, al mismo tiempo que demostró que el desarrollo turístico puede convivir con la preservación del medioambiente.
“Nuestro compromiso con Sundance siempre ha sido desarrollar muy poco y preservar mucho”
, afirmó sobre su filosofía de vida. Esa sencilla pero poderosa idea resume su postura ante el mundo y seguirá guiando a quienes compartimos su amor por la naturaleza.
Hoy Hollywood llora a uno de sus hijos predilectos, y en las montañas de Utah el viento parece susurrar una cálida despedida. Pero lejos de apagarse, la estrella de Robert Redford brillará por siempre en cada proyección de sus películas y en cada atardecer dorado sobre las cumbres de Sundance. Su vida fue un homenaje a la belleza de contar historias y de proteger los paraísos naturales, y ese homenaje continuará vivo cada vez que un espectador se emocione con sus filmes o que un esquiador se detenga a contemplar el paisaje intacto desde lo alto de una montaña. Gracias, Bob Redford, por las historias y por los sueños. Gracias por recordarnos que, en el cine como en la vida, hay que saber preservar lo que importa.
































