Inaugurada en 1972 por el médico Alvin Cobabe en los terrenos ganaderos de su familia en Eden (Utah), Powder Mountain nació con una filosofía de gestión familiar “mom-and-pop” marcada por el trato personal y cercano. Durante décadas mantuvo un ambiente comunitario, con forfaits limitados, esquí nocturno y eventos informales (como barbacoas caseras), ganándose fama de “la montaña de los locales” gracias a sus precios asequibles y a una nieve generosa. Con el tiempo se expandió hasta abarcar unas 12.000 acres de terreno –lo que la sitúa entre las mayores superficies esquiables de Norteamérica– aunque gran parte de ese dominio seguía sin remontes. Esta combinación de gran espacio y poca masificación cimentó su atractivo: en sus mejores días, cada esquiador podía sentirse dueño de 20 acres para sí mismo, sin colas en los remontes y un ambiente retro donde todos se conocían.
Todo ese legado afrontó un cambio de era en 2023. La estación, arrastrada por dificultades financieras bajo sus anteriores propietarios (el grupo Summit Series), fue adquirida por Reed Hastings –cofundador de Netflix– mediante una inyección de 100 millones de USD que lo convirtió en propietario mayoritario. Hastings, un esquiador apasionado que había construido su propia cabaña en Powder Mountain tras enamorarse del lugar, asumió así las riendas de una montaña con problemas económicos y legales pendientes. Desde el primer momento dejó clara su visión: mantener a Powder Mountain “independiente y sin aglomeraciones”, evitando convertirla en otro megacentro corporativo. Para lograrlo, presentó un plan audaz y sin precedentes en la industria: un modelo de gestión híbrido público‑privado donde la venta de bienes raíces de lujo y la creación de áreas esquiables exclusivas financiarían mejoras en el resto del dominio abierto al público. Comenzaba así un experimento que muchos observan como posible “laboratorio” del esquí futuro, combinando inversiones masivas en infraestructura con nuevas fórmulas de acceso, no exentas de polémica.
Ampliación récord de terreno esquiable
Bajo el liderazgo de Hastings, Powder Mountain emprendió una de las expansiones de terreno más ambiciosas de Norteamérica. Para la temporada 2024‑25 se instalaron cuatro telesillas nuevos –una hazaña inusual en la industria en tan solo un verano– mejorando tanto la oferta pública como la privada. En el área de acceso general, se sustituyeron dos antiguos remontes (Paradise y Timberline) por modernos telesillas (Paradise ahora es un cuadruple desembragable, Timberline un cuádruple fijo), agilizando el transporte en zonas antes saturadas por equipos obsoletos. Además, se inauguró un telesilla que corona Lightning Ridge, permitiendo por primera vez acceso mecánico a las canales más expertas de la montaña sin necesidad de caminatas ni snowcats. Esta instalación abrió de golpe áreas avanzadas como Shugr Bowl y las míticas bajadas de Lightning Ridge, ampliando significativamente el terreno “lift-served” para esquiadores expertos.
Pero el plato fuerte está por venir. Las autoridades ya autorizaron un nuevo remonte en la zona de Wolf Canyon (Davenport) –en el extremo noreste del dominio–, con vistas a incorporarlo en la temporada 2025‑26. Este telesilla añadirá más de 1.000 acres adicionales de terreno, incluyendo bowls y bosques vírgenes que hasta ahora requerían guía o equipo de travesía. En la práctica, abrir Wolf Canyon supondrá integrar al área esquiable público sectores históricamente reservados a expertos muy equipados, democratizando el acceso a esos descensos de alta dificultad. La propia Powder Mountain reconoce que esta expansión incrementará su superficie servida por remontes en unos 900 acres de una tacada,
consolidando su posición como el resort con mayor terreno esquiable de Estados Unidos.
Pocas veces se ha visto en la industria una ampliación de tal magnitud en tan corto plazo, y desde luego todas estas mejoras transforman la geografía de Powder Mountain, que pasa de ser un gigante “semi-virgen” a un dominio más conectado y navegable.
Modelo semiprivado: la comunidad Powder Haven
La innovación más comentada –y controvertida– de la era Hastings ha sido la adopción de un modelo semiprivado de acceso. En esencia, Powder Mountain ahora opera como dos estaciones superpuestas: una pública y otra privada. Hastings creó la comunidad Powder Haven, compuesta por parcelas residenciales de alto nivel (se proyectan hasta 600 viviendas en varias fases) cuyos propietarios disfrutan de remontes y pistas de uso exclusivo. Concretamente, desde la temporada 2024‑25 los telesillas Mary’s y Village (antes públicos) se han reconfigurado como remontes solo para residentes, junto con el nuevo telesilla Raintree en la misma zona privada. En total, tres remontes sirven unas 2.000–3.000 acres en la cumbre de la montaña reservadas a los dueños de Powder Haven. A cambio de esta exclusividad, los propietarios pagan cuotas anuales elevadas (se habla de sumas de cinco a seis cifras) y adquirieron sus lotes con precios que parten de ~2 millones de USD. Esos ingresos –producto de las ventas inmobiliarias y membership fees–
subvencionan la operación del dominio esquiable público: financian nuevos remontes, mantenimiento de instalaciones y servicios accesibles para cualquier esquiador.
El propio Hastings plantea este híbrido como la alternativa para mantener vivo el espíritu de Powder sin entregarse al turismo masivo. Según explicó su equipo directivo, el resort enfrentaba dos caminos para ser viable: o unirse a los Epic/Ikon Pass atrayendo el máximo volumen de esquiadores, o volverse totalmente privado para un grupo reducido. La solución fue “un término medio”: «dar un paso atrás de Epic/Ikon hacia un resort público-privado, donde la parte privada atrae compradores inmobiliarios, en un enfoque híbrido», describió Alex Zhang (Director Creativo). En la práctica, el 75% del terreno permanece abierto al público general, mientras un 25% queda reservado a los residentes (quienes, dicho sea de paso, también pueden esquiar todo el dominio público). Powder Mountain destaca que ningún área se ha “cerrado” completamente: los no residentes aún pueden acceder haciendo esquí de travesía o caminando a las zonas privadas, mientras no utilicen los remontes exclusivos. No obstante, las restricciones físicas existen –cuerdas, controles– y el resort incluso ha desplegado patrullas especiales de empleados apodados “homeowner patrollers” para vigilar que ningún intruso sin pase de propietario se cuele en Mary’s, Village o Raintree.
Cabe señalar que esta estrategia no tiene precedentes en el esquí moderno. Existen clubes de esquí totalmente privados (Yellowstone Club en Montana, Cimarron en Colorado, Wasatch Peaks Ranch en Utah, etc.), pero jamás hasta ahora una estación comercial había restringido terreno antes público para uso privativo de una élite. En palabras del analista Sam Weintraub (PeakRankings), «no se recuerda otro caso en la historia reciente» de quitar acceso general a pistas consolidadas, lo cual hizo que la noticia se recibiera de inmediato con sorpresa y resistencias. Powder Mountain se ha convertido así en un curioso híbrido dentro de la industria: “semi-club” de esquí para millonarios por un lado, y estación independiente para el público por otro, ambas conviviendo en la misma montaña. Este enfoque recuerda a tendencias de otros ámbitos turísticos de lujo, por ejemplo en el sector de sol y playa, donde algunos hoteles y clubs exclusivos intentan privatizar tramos de costa teóricamente públicos para sus clientes VIP (una práctica común que suele chocar con leyes y protestas locales). Al igual que en esos casos –con playas bloqueadas por resorts– la jugada de Powder Mountain abre un debate profundo sobre el acceso a recursos naturales vs. la rentabilidad y exclusividad en destinos recreativos.
Reacciones divididas: elogios, críticas y polémicas
El “experimento Hastings” ha polarizado a la comunidad de esquiadores y habitantes del valle de Ogden. Por un lado, muchos aplauden las mejoras tangibles: los lifts nuevos han reducido tiempos de espera, se siente mayor comodidad en pistas, y la fuerte inversión ha sacado al resort del borde de la quiebra. Empresarios locales valoran la llegada de capital y la creación de empleos, y algunos esquiadores veteranos aceptan el compromiso. “La falta de aglomeraciones fue lo que me atrajo aquí… pero pocos esquiadores en pistas también significa falta de ingresos, así que tiene que haber un punto medio para que la estación sobreviva”, opina Steve Sullivan, cliente fiel por 15 años. Muchos usuarios coinciden en que “hacía falta inversión” tras décadas de infrafinanciación: ahora se repavimentaron parkings, se renovaron servicios básicos y la experiencia global ha subido de nivel, “sin colas y con telesillas veloces”, mejorando incluso el acceso a 900 acres que antes quedaban solo para esquiadores de travesía. Entre los partidarios del cambio prevalece la idea de que sacrificar un 20-25% del terreno (y unos cuantos dólares extra) es razonable si a cambio se conserva la atmósfera tranquila y se evita que Powder Mountain termine engullida por los pases masivos tipo Epic o Ikon. De hecho, Hastings ha rechazado explícitamente incorporar la estación a esos abonos multitudinarios, reforzando la identidad “boutique” del lugar.
Por otro lado, las críticas han sido vehementes. Numerosos antiguos usuarios denuncian una “privatización encubierta” de áreas que siempre fueron de acceso libre, percibiéndolo como una traición al espíritu comunitario de Powder. En redes sociales abundan comentarios de tristeza e indignación (“es muy triste… estaba perfecta antes” escribió un usuario en Instagram). Asociaciones locales señalan que reservar los mejores bosques de Cobabe Canyon solo a millonarios rompe con la tradición igualitaria del esquí: “siempre todos compartimos los mismos medios, fueras un esquiador humilde o un famoso, aquí subías en el mismo telesilla”, comenta un veterano, “pero ahora todo se está estratificando por niveles de pago”. La creación de patrullas privadas para vigilar las entradas a Mary’s y Village ha sido especialmente mal recibida, interpretada como un gesto clasista y anti-cliente.
“esta restricción crea una brecha entre quienes pueden permitirse una propiedad en la montaña y quienes no, convirtiendo lo que antes era una experiencia comunal en un privilegio exclusivo de unos pocos muy ricos”
, escribió PeakRankings en una dura columna. Y remataba: “cientos de otros centros invernales han sabido ganar dinero durante décadas… sin necesidad de excluir a nadie”.
El debate recuerda al que aflora en otras industrias turísticas cuando emergen productos VIP. Como señala el periodista Mark Healy, “todo se está bifurcando en tiers”: ante la avalancha de demanda (récord de 60 millones de esquiadas en EE.UU. el último año) pero capacidad limitada de montañas, el mercado crea lugares donde la gente con recursos compra exclusividad. En la nieve esto va desde pases “fast track” hasta, como en Powder, comprar tu propia montaña. Algunos temen que esta tendencia mine la esencia democrática del esquí, segregando por nivel socioeconómico lo que antes era un terreno común. ¿Se puede “vender” la experiencia de soledad y nieve virgen sin alienar a la base de esquiadores? Powder Mountain se encuentra en el ojo de ese huracán. “Empiezas a meter multi-millonarios y vas a cambiar el ambiente… esta gente suele ser la más entitled del mundo, va a cambiar la sensación”, alerta Paul Beechen, cliente de Los Ángeles que peregrina a Powder desde hace 14 años. Frente a ello, otros residentes adoptan una postura más pragmática: “Sabíamos que harían la zona privada, y está bien… mientras sigan limitando la cantidad de gente en la parte pública y añadiendo remontes, fantástico. Si cumple lo que promete, Powder no perderá su magia”, opina Alan Fleeger, vecino de Eden.
En definitiva, la “gran apuesta” de Hastings divide opiniones. ¿Es una solución creativa que garantiza la sostenibilidad financiera sin caer en la masificación, o es la elitización irreversible de un paraíso del esquí donde irán a esquiar los famosos? Por ahora, Powder Mountain ha logrado mejorar sus instalaciones y seguir “uncrowded by design” –lema evolucionado este año a “Escape the masses” (escapa de las masas)–, pero al costo de subir tarifas y poner candados simbólicos en parte del monte. El balance social pende de un hilo: cada decisión se mira con lupa, y el riesgo es que la percepción de exclusión erosione la lealtad de aquellos esquiadores apasionados que hicieron grande a Powder Mountain con el boca a boca durante décadas.
Costes, accesibilidad y nueva política de precios
El viraje en el modelo de negocio ha venido acompañado de una reestructuración de precios y acceso en Powder Mountain. Siguiendo la filosofía “Uncrowded by design”, la dirección ha preferido mantener un aforo limitado incluso a costa de ingresos a corto plazo. Un ejemplo extremo ocurrió en febrero de 2025: durante todos los fines de semana de mayor afluencia (President’s Day, etc.), solo se permitió esquiar a los poseedores de pase de temporada, suspendiendo la venta de pases diarios al público general. Esta medida inédita –dejar dinero sobre la mesa a cambio de garantizar pistas vacías incluso tras nevadas de 100 cm– fue celebrada por los abonados, que describieron la experiencia como “tener la montaña para uno mismo”. La iniciativa supuso “sangrar” ingresos en taquilla durante ese mes, según admitió la jefa de marketing Jennifer Horowitz, pero la consideraron un éxito de experiencia y planean repetirla la próxima temporada. La prioridad declarada es fidelizar al esquiador de pase (local o repetidor) ofreciéndole privilegios y tranquilidad, aunque eso implique vender menos day-tickets. En palabras del portavoz Ashton Stronks,
“nos interesa ante todo mantener la montaña sin aglomeraciones”.
Esta apuesta por la exclusividad vía aforo se refleja también en una escalada de precios. El pase de temporada de Powder Mountain roza ya los $1.700 USD (un aumento de ~$100 respecto al año previo) y los forfaits diarios superan los $200 en jornada pico. De hecho, en un comparativo estatal se destacó que un día en Powder llegó a costar $234 (3ª estación más cara de Utah), mientras otros centros locales ofrecían pases de ~$60 el día. Aunque la experiencia premium pueda justificar parte del sobrecoste, la política ha levantado cejas entre esquiadores de presupuesto medio. A esto se suma la introducción, por primera vez, de un pago por estacionamiento los fines de semana y festivos: $12 por vehículo antes de la 1 pm (exento si viajan 3 o más personas). Oficialmente, este cobro busca fomentar el carpooling y reducir “congestión”, aunque críticos apuntan que, dado el cupo limitado de tickets, nunca hubo realmente problema de aparcamiento –sugiriendo que es más bien una estrategia recaudatoria siguiendo la tendencia de otros resorts de Utah. Un abonado que esquíe todos los fines de semana podría llegar a pagar hasta ~$576 extra por temporada solo por aparcar.
Powder Mountain tampoco participa en los abonos multi-destino (Epic Pass, Ikon Pass, etc.), habiendo incluso salido del colectivo Indy Pass que integraba hasta 2023. La directiva considera que esas alianzas masificarían la estación y diluirían su propuesta única. En su lugar, han mantenido lista de espera para nuevos pases de temporada (la demanda excede la oferta de abonos disponibles) y planean aumentar gradualmente el límite de socios solo cuando las ampliaciones de terreno lo permitan. “Nuestra capacidad en montaña crecerá con los nuevos remontes, pero seguiremos comprometidos con la experiencia sin agobios. No aceptaremos Ikon ni Epic”, confirmó Stronks, director de comunicación. En resumen, Powder Mountain se vende como un producto “boutique” dentro del mercado de nieve: amplio espacio, poca gente, y un precio acorde a esa exclusividad planificada. Su eslogan actualizado lo resume: “Escape the masses”, una invitación a “escapar de las masas” que posiciona al resort casi como un antídoto frente a las largas colas y telecabinas abarrotadas de otras montañas.
Arte, cultura y la visión de un destino diferente
Una de las facetas más singulares del nuevo Powder Mountain es su apuesta cultural y artística, poco habitual en el sector de nieve. Hastings ha creado la Powder Art Foundation, una fundación sin ánimo de lucro financiada en gran parte por él mismo, con el objetivo de integrar el arte contemporáneo y el diseño en la experiencia de montaña.
El plan maestro incluye desarrollar un museo de arte al aire libre y “esquiable” en todo el dominio
, con instalaciones permanentes a lo largo de pistas, miradores y senderos. Ya se han comisionado obras de renombrados artistas internacionales de land art y arte público: por ejemplo, el célebre James Turrell instalará una de sus inmersivas esculturas de luz (“Ganzfeld – Apani”, exhibida en la Bienal de Venecia 2011) como pieza permanente en Powder Mountain. Igualmente, la artista conceptual Jenny Holzer y la pionera del land art Nancy Holt (famosa por Sun Tunnels, también en Utah) forman parte del elenco inaugural de creadores cuyas obras se integrarán en el paisaje nevado. De hecho, algunas primeras intervenciones ya pudieron verse en la temporada 2024‑25: destaca “Relay” del dúo Gerard & Kelly, un colorido telesquí de cinta (magic carpet) transformado en obra de arte con un arcoíris translúcido que acompaña a los esquiadores novatos en su ascenso. Esta instalación –plenamente funcional como remonte– es a la vez un guiño lúdico y un símbolo de inclusión (incorpora temática queer, rara avis en entornos alpinos) que anticipa la vocación diversa y vanguardista del proyecto artístico.
La visión a medio plazo es inaugurar formalmente el parque de arte en 2026, convirtiendo a Powder Mountain en un destino cultural de cuatro estaciones. En verano y otoño, los visitantes podrán recorrer las rutas para contemplar las esculturas y obras integradas en la naturaleza (se están trazando senderos accesibles para distintas capacidades, dado lo accidentado del terreno). La apuesta recuerda a parques de escultura como Storm King (NY) pero llevada a la alta montaña –de ahí que medios artísticos hayan descrito la iniciativa como “un Storm King sobre esquíes”. Hastings, por su parte, impregna esta idea con su impronta personal: busca que la arquitectura y las infraestructuras del resort también sean parte de la propuesta artística. “¿Cómo logramos que los telesillas sean artísticos? ¿Y los edificios? […] Que el equipamiento parezca diseñado por un artista pero siga cumpliendo su función industrial”, se preguntaba en una entrevista, subrayando que la estética y el carácter único deben permear toda la experiencia Powder. En esa línea, se han encargado diseños de lodges y espacios comunes con arquitectos de prestigio, evitando el estilo “copypaste” de otros centros. El objetivo declarado es crear un ambiente auténtico, creativo y singular, lejos del lujo ostentoso: “no buscamos un resort de hiperamenities, sino algo low-impact, subordinado a la montaña, que atraiga a un comprador más artesanal, casual, creativo”, explica Zhang, confiando en convocar a gente adinerada sí, pero de mentalidad diferente.
Dentro de los planes de futuro inmediato también figuran nuevos equipamientos premium para complementar la oferta. En la zona residencial privada se están construyendo dos lodges exclusivos para miembros (clubhouses) donde los propietarios dispondrán de servicios aprés-ski, gastronomía y wellness de alto nivel. Se proyecta asimismo un spa de montaña y un refugio-boutique de lujo para albergar visitantes distinguidos, con la idea de posicionar Powder Mountain como destino integral de alto standing durante todo el año (esquí en invierno, retiros de naturaleza, arte y bienestar el resto de estaciones). Estas iniciativas vienen de la mano con la apertura de la nueva área Powder Landing –un pequeño lago en la base habilitado como club náutico en verano para los miembros– anunciada en 2024. Todo este ecosistema de arte, cultura y servicios premium se financia gracias al capital de Hastings y los inversores privados, y se presenta como parte esencial de la identidad renovada de Powder: un enclave para quienes buscan algo más que esquí, una comunidad con valores compartidos (amor por la nieve sin multitudes, la creatividad, la conservación del entorno) y dispuesta a pagar por ello.
Conflictos financieros y legales en el horizonte
Paralelamente a la transformación sobre el terreno, Powder Mountain encara también retos en los despachos. Uno de los más importantes es un litigio millonario heredado de la era anterior. A través del programa de visados EB‑5, un grupo de inversores extranjeros (en su mayoría chinos) financió parcialmente el resort hace años, prestando capital a cambio de la promesa de green cards estadounidenses. Aquella operación, gestionada por los antiguos propietarios (Summit Series), salió mal: de hasta $120 millones comprometidos solo se devolvió un tercio, y en 2021 la deuda entró en default. Cuando Hastings tomó control en 2023 se encontró esta “mochila” financiera y legal. Inicialmente expresó optimismo en llegar a un acuerdo –“es un clásico señalarse con el dedo mutuamente, pero espero que alcancemos un acuerdo ahora que tenemos fondos”, declaró entonces, calificando la deuda como “una cantidad modesta de dinero” dada su fortuna–. Sin embargo, las negociaciones no prosperaron. En abril de 2025, la entidad inversora presentó una demanda contra Hastings y Powder Mountain reclamando $75,9 millones (capital más intereses) supuestamente adeudados. La denuncia, radicada en la corte suprema de Manhattan, alega que los nuevos dueños son responsables de saldar el monto pendiente.
La respuesta de la empresa de Hastings no se hizo esperar: Summit Mountain Holding (nombre corporativo del resort) contrademandó a los inversionistas EB‑5 ante un tribunal especializado de Utah, acusándolos de incumplir sus compromisos. Según esa querella, el grupo extranjero recaudó menos del 20% de los $120 M prometidos y habría desviado potenciales aportantes hacia sus propios proyectos, contribuyendo al colapso financiero de Powder. Por ello, Summit reclama al menos $82 millones en daños más honorarios legales. Ambas causas siguen su curso y podrían tardar años en resolverse. Mientras tanto, Powder Mountain asegura no estar preocupada por el desenlace: “no impactará en nuestras operaciones ni en los planes de desarrollo”, dijo un portavoz, enfatizando que continúan “a todo vapor” con las inversiones previstas. No obstante, el caso arroja una sombra sobre el proyecto: los demandantes podrían incluso intentar ejecutar garantías sobre terrenos del resort si ganan el pleito, lo que añade incertidumbre al ambicioso programa de expansión.
Por lo demás, Hastings cuenta con recursos considerables (su patrimonio neto ronda los $6.600 M) y parece dispuesto a “escribir cuantos cheques hagan falta” para hacer realidad su visión en Powder Mountain. Según Town & Country, ya ha destinado otros $100 M adicionales en mejoras de capital desde 2023, y es probable que siga invirtiendo a medida que venda las parcelas restantes (a mediados de 2024 le quedaban 39 lotes por comercializar en la primera fase). La viabilidad a largo plazo del modelo semiprivado dependerá en buena medida de vender esas viviendas de lujo y atraer a suficientes propietarios dispuestos a costear la exclusividad. Como señalaba un analista, “todo pende de las ventas”; la buena noticia para Powder es que tener a Hastings al timón ayuda a generar confianza en ese público adinerado (varios de sus amigos y colegas tech podrían sumarse como compradores). De momento, la comunidad de actuales propietarios –a los que Hastings se refiere afectuosamente como “sus vecinos”– han mostrado apoyo al plan y alivio por tener a alguien de su talla salvando la montaña. Margot Bisnow, una de las primeras residentes, resumió ese sentir:
“Él cambió la forma en que la gente ve la televisión; ahora va a cambiar el negocio del esquí… aunque no será fácil”.
Reflexión final: ¿Hacia dónde apunta el “laboratorio Powder Mountain”?
A día de hoy, Powder Mountain se presenta como un caso de estudio vivo en la industria de la nieve. En pocos años ha pasado de ser un entrañable enclave local a un complejo semi-exclusivo respaldado por el capital de Silicon Valley, todo ello sin perder del todo su esencia off-piste. El resultado es una suerte de “balanza delicada”: de un lado la accesibilidad pública (miles de acres para cualquier esquiador dispuesto a esforzarse, forfaits disponibles –aunque limitados–, iniciativas como bajada de precio en el esquí nocturno a $19 para atraer locales); del otro, la exclusividad privada (experiencias VIP sin colas, primeras huellas garantizadas, patrullas y lodges solo para miembros). En medio, una fuerte dosis de creatividad en forma de arte, cultura y arquitectura, intentando demostrar que lujo y autenticidad pueden ir de la mano.
Muchos en el sector se preguntan si este modelo híbrido será un ejemplo a seguir o una rareza irrepetible. En cierto modo, Powder Mountain busca “escapar de las masas” sin convertirse en un club elitista cerrado –una cuadratura del círculo que sus gestores confían en lograr mediante límites de aforo y un cuidadoso filtrado natural (el alto precio y la lejanía disuaden al público de “ski resort” convencional). Un visitante describió acertadamente que en el esquí actual existen dos modelos opuestos: “los resorts de Ikon/Epic donde llevas tanta gente como puedas, y luego clubes ultra-exclusivos tipo Yellowstone Club”. Powder Mountain, apuntaba, parece estar “intentando encontrar un equilibrio entre ambos”. De ese equilibrio dependerá su futuro.
En términos de sostenibilidad económica, la estrategia de Hastings ya ha aportado liquidez para modernizar infraestructuras y promete ingresos estables vía inmobiliaria. Pero en términos de sostenibilidad social y reputacional, la marca Powder Mountain camina por la cuerda floja: se arriesga a alienar a los esquiadores de a pie que la veneraban, al mismo tiempo que debe convencer a los ricos de que esto no es “otra Aspen” sino algo más genuino. “Nuestro objetivo es atraer a gente acaudalada, sí, pero de espíritu aventurero, humilde y generoso”, dice Hastings, “personas que valoren una comunidad vibrante sin perder la magia”, confiando en que los “indicados” encontrarán su refugio aquí.
Powder Mountain 2025 es, en definitiva, un lugar de contrastes: telesillas de alta velocidad subiendo a laderas semivacías; cenas gourmet bajo las estrellas para propietarios y après-ski de cerveza artesanal para locales; exposiciones de arte puntero a la par que descensos entre pinos como los de antaño. Un refugio alpino que quiere “ser diferente” en un mundo de estaciones cada vez más homogéneas. Solo el tiempo dirá si esta apuesta logra mantener el difícil balance entre la exclusividad y la esencia inclusiva del esquí. Por ahora, la montaña más grande de Utah nos invita –literalmente– a escapar de las masas y repensar qué tipo de experiencias buscamos en la nieve del siglo XXI.































