La fauna de la cordillera de los Andes incluye una gran diversidad de especies adaptadas a la altitud y al clima extremo de esta región montañosa. Entre los animales más representativos se encuentran el cóndor andino, el puma, la vicuña, el guanaco y el zorro culpeo. Muchas de estas especies pueden avistarse en estado salvaje durante excursiones de montaña o incluso mientras se esquía en determinadas zonas de la cordillera.
Y es que esquiar no es solo practicar un deporte apasionante: es sumergirse de lleno en la majestuosidad de la montaña. Al deslizarnos por las laderas nevadas, no solo sentimos la libertad del movimiento y la pureza del aire; también se nos brinda una oportunidad única de conectar con la naturaleza en su estado más salvaje. En muchos destinos de montaña, observar fauna autóctona mientras esquías se convierte en un privilegio inesperado que enriquece la experiencia.
Este fenómeno cobra una dimensión especial en la Cordillera de los Andes, un destino que va mucho más allá de lo deportivo. Esquiar en este inmenso sistema montañoso —el más largo del planeta— nos permite contemplar paisajes de una belleza abrumadora y, con un poco de suerte, avistar especies endémicas en su entorno natural. Guanacos, cóndores, zorros andinos y una biodiversidad sorprendente habitan estas cumbres imponentes que se elevan por encima de los 6.000 metros.
Además de su riqueza ecológica, los Andes son un escenario privilegiado para el esquí de alto nivel. Sus estaciones albergan pistas extensas y modernas, elegidas cada año por equipos internacionales para entrenarse durante el verano austral de cara a las competiciones invernales del hemisferio norte. Este cordón montañoso, que atraviesa siete países y alberga los volcanes más altos del mundo, es un verdadero paraíso para los amantes de la nieve y la aventura per también para una fauna andina que seguro te sorprenderá..
Tabla de contenidos
La fauna salvaje de los Andes
El cóndor andino (Vultur gryphus): el rey del cielo austral
Pocas imágenes evocan mejor la grandeza de los Andes que la silueta de un cóndor planeando en el cielo, sus alas desplegadas en un vuelo que desafía las leyes del tiempo. Con una envergadura que puede superar los 3 metros, el cóndor andino es una de las aves voladoras más grandes del mundo y un símbolo espiritual para muchas culturas sudamericanas. Es habitual verlo planear sin batir las alas durante horas, aprovechando las corrientes térmicas que ascienden desde los valles.
Aunque suele habitar acantilados remotos e inaccesibles, no es raro avistarlo en las cercanías de estaciones de esquí de gran altitud como Valle Nevado (Chile) o Las Leñas (Argentina), especialmente en días despejados. Su mirada severa y su porte ancestral impresionan tanto como su longevidad: algunos ejemplares pueden vivir más de 50 años en libertad. Curiosamente, no caza: es un ave carroñera que cumple un papel esencial en el ecosistema andino, eliminando restos y previniendo enfermedades.
El guanaco (Lama guanicoe): el vigía de los altiplanos
El guanaco, pariente silvestre de la llama, es una de las criaturas más representativas del altiplano andino. De cuerpo esbelto y mirada serena, se desplaza en manadas por los valles altos y los faldeos de montaña, incluso en altitudes que superan los 4.000 metros. Su pelaje espeso lo protege del viento cortante y las temperaturas extremas, y su agilidad le permite escapar con rapidez de los depredadores.
Si esquías en zonas cercanas a parques naturales —como en el entorno de la estación de esquí de Cerro Castor, en la Patagonia argentina—, puedes avistarlos pastando a lo lejos o desplazándose en fila india, atentos a cada sonido. Su grito de alarma, similar a un silbido áspero, puede escucharse desde lejos cuando detectan peligro. Un dato curioso: el guanaco no bebe agua con frecuencia, pues obtiene casi toda la que necesita de los vegetales que consume. Una adaptación vital en un entorno donde el hielo no siempre se convierte en líquido.
El zorro culpeo (Lycalopex culpaeus): el sigiloso habitante de las nieves
El culpeo, también conocido como zorro andino, es un animal cauteloso y escurridizo, más fácil de adivinar que de ver. Su silueta elegante se desliza entre los arbustos altos y las laderas rocosas, sobre todo al amanecer o en los últimos rayos del día. Se adapta perfectamente a los ecosistemas de montaña y es uno de los carnívoros más extendidos de la región andina.
Algunas estaciones situadas cerca de parques naturales o áreas poco urbanizadas, como El Colorado o La Parva (Chile), han reportado avistamientos esporádicos de este zorro entre los refugios o en los caminos secundarios. Su dieta es variada: caza roedores, aves e insectos, pero también puede alimentarse de carroña. Curiosamente, a diferencia de otros cánidos, su aspecto recuerda a un cruce entre zorro y lobo, y ha sido protagonista de leyendas locales donde se le atribuyen poderes protectores.
El oso de anteojos (Tremarctos ornatus): el guardián de los bosques nublados
Es el único oso de Sudamérica y uno de los más esquivos. Su nombre se debe a las manchas blancas que rodean sus ojos y hocico, dándole una apariencia de “gafas”. El oso andino habita sobre todo en los Andes tropicales —Perú, Ecuador, Bolivia y el norte de Argentina— y es un excelente trepador de árboles. Su hábitat suele estar más vinculado a bosques húmedos de altura, pero también transita zonas de páramo y cordillera.
Es improbable verlo cerca de estaciones de esquí en la zona central o sur de los Andes, pero su presencia simboliza la riqueza y complejidad del ecosistema andino. Es un animal principalmente vegetariano (frutos, raíces, bromelias), aunque puede complementar su dieta con pequeños animales. Una curiosidad: ha sido la inspiración para el personaje de Paddington Bear, cuyo “hogar” ficticio era el “Darkest Peru”.
El tero andino (Vanellus resplendens): el centinela chillón de la puna
Aunque pequeño y de apariencia modesta, el tero andino —o avefría cordillerana— tiene una personalidad que no pasa desapercibida. Su canto agudo, casi como un silbato metálico, es utilizado para marcar territorio o alertar a su pareja de un posible intruso. Se le puede ver en zonas abiertas, cerca de cuerpos de agua congelados o en las vegas altoandinas, donde anida y se alimenta de insectos.
Algunas estaciones de esquí que conservan zonas húmedas cercanas, como Portillo o centros en la región de Cuyo, pueden ser puntos de observación ocasional. Lo más curioso es su comportamiento defensivo: si percibe una amenaza cerca de su nido, simula una cojera para atraer al depredador lejos de sus huevos. Una escena tan sorprendente como conmovedora que revela el instinto y la inteligencia de esta pequeña ave de montaña.
El puma andino (Puma concolor): el fantasma silencioso de las alturas
Invisible a los ojos de la mayoría, el puma andino se mueve con el sigilo de un mito. Es el mayor depredador terrestre de la cordillera y un símbolo de poder ancestral para muchas culturas indígenas. Su presencia, aunque rara vez visible, es constante en el ecosistema andino, desde los valles boscosos del sur de Chile hasta las zonas más desérticas del norte argentino. Tiene un comportamiento solitario, territorial y extremadamente cauteloso.
Ver un puma en libertad es un privilegio reservado a muy pocos, pero su rastro —huellas, excrementos o restos de presas— es detectado con frecuencia por guardaparques y montañistas. En invierno, cuando la nieve cubre los senderos, sus pisadas quedan marcadas con nitidez en el manto blanco. Una curiosidad: el puma puede dar saltos de hasta 6 metros en horizontal y hasta 2,5 en vertical, lo que lo convierte en uno de los mejores saltadores del reino animal. En el imaginario popular, es tan respetado como temido, y su presencia garantiza un equilibrio natural que mantiene a raya las poblaciones de herbívoros.
La vicuña (Vicugna vicugna): la joya viva de las cumbres
Considerada una de las especies más elegantes y delicadas de los Andes, la vicuña es la versión silvestre y más refinada de la llama. Su lana —una de las más finas y costosas del mundo— ha sido valorada desde tiempos preincaicos, cuando solo la nobleza podía vestir prendas confeccionadas con sus fibras. De cuerpo esbelto, cuello alargado y pelaje de tonos dorados, la vicuña es también un emblema de la conservación: en los años 60 estuvo al borde de la extinción, pero los esfuerzos conjuntos entre gobiernos y comunidades permitieron recuperar sus poblaciones.
Hoy en día, se la puede observar en libertad en zonas protegidas como la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca (Perú) o el Parque Nacional Lauca (Chile). Si bien su hábitat está por encima de los 3.500 metros, algunas estaciones de esquí cercanas a altiplanos o rutas altoandinas pueden ofrecer avistamientos ocasionales. Una curiosidad fascinante: la vicuña solo puede ser esquilada en estado silvestre y bajo estrictos protocolos sostenibles, lo que convierte su lana en un producto no solo de lujo, sino también éticamente ejemplar.
El armadillo peludo andino (Chaetophractus nationi): el escudo viviente de la puna
Este pequeño mamífero acorazado, poco conocido por el público general, es uno de los habitantes más resistentes de los ecosistemas andinos. Aunque su presencia no es común cerca de estaciones de esquí muy concurridas, puede encontrarse en regiones más tranquilas y elevadas de Bolivia, Perú y norte de Argentina. Su nombre se debe al característico pelaje que sobresale entre sus placas dorsales, lo que lo distingue de otros armadillos más comunes en zonas bajas.
El armadillo peludo cava madrigueras para refugiarse del frío extremo y es principalmente nocturno, aunque en invierno puede dejarse ver durante las horas más cálidas del día. Su alimentación se basa en insectos, raíces y pequeños vertebrados. Una curiosidad biológica: al sentirse amenazado, se enrolla parcialmente sobre sí mismo, y emite un sonido gutural sorprendente para su tamaño. Aunque no se relaciona directamente con la nieve, su capacidad de adaptación al altiplano lo convierte en un verdadero símbolo de resiliencia andina.
La yarará ñata andina (Bothrops ammodytoides): la serpiente discreta de las laderas rocosas
Aunque para muchos esquí y serpientes parecen mundos separados, la yarará ñata —una víbora venenosa nativa de zonas áridas de la cordillera— demuestra que la vida se abre camino incluso en condiciones extremas. Esta especie habita sobre todo en áreas pedregosas del noroeste argentino y sur de Bolivia, hasta altitudes de 3.000 metros. Su aspecto es inconfundible: cuerpo robusto, cabeza triangular y un diseño de zigzag en tonos ocres que la camufla entre las rocas.
Su actividad disminuye notablemente en invierno, lo que hace que el riesgo de encuentro sea muy bajo durante la temporada de esquí. Sin embargo, su presencia en el ecosistema es vital: regula las poblaciones de roedores, manteniendo el equilibrio natural. Una curiosidad sorprendente: su nombre “ñata” se refiere a su hocico ligeramente elevado, una característica que la distingue de otras víboras del género Bothrops. A pesar de su fama peligrosa, raramente ataca si no se la molesta, y es una pieza fundamental en la cadena trófica de los Andes secos.




































