El origen de los miedos del esquí

El miedo es una emoción que produce intensas sensaciones desagradables provocadas por la percepción de riesgos y peligros, pasados, presentes y/o futuros. Es el desencadenante de emociones primarias derivadas de la aversión natural al riesgo o amenazas a tu integridad física, que acaban desembocando en brotes de ansiedad y stress.
El miedo puede ser real, pero si la dimensión de la amenaza no es “real”, según Sigmund Freud, este sentimiento se denomina miedo neurótico, cuando la dimensión del peligro es una percepción de la persona y no una situación crítica a afrontar por el individuo. Existen dos teorías psicológicas fundamentales sobre el miedo, ya sea la vertiente conductista o la psicología profunda.
La teoría conductista, se basa en el miedo aprendido. Aquella mala experiencia del pasado que te hace generar temores, a veces difícilmente explicables, que pueden generar bloqueos e incluso momentos de pánico. Sin embargo, la otra teoría, define el miedo como un incidente básico inconsciente que no ha sido resuelto.
Lo cierto, según la ciencia especializada en la material, es que el miedo se encuentra fisiológicamente en el sistema límbico del cerebro (amígdala cerebral), que es el encargado de modular las emociones, así como evitar el dolor, luchar contra la fuente que nos genera este estado para evitar la paralización y bloqueo parcial o total.
Cuando algo nos da miedo, solamente pensamos de forma natural, en conservar nuestra integridad y haremos todo aquello que esté en nuestra mano para evitarlo.
No en vano, nuestro cuerpo incrementa el metabolismo celular, así como la presión arterial, los niveles de glucosa en sangre y la coagulación, obviando el aumento de la frecuencia cardiaca que tanto sentimos cuando entramos en estado de miedo en montaña.
 

La retroalimentación del miedo

La retroalimentación del miedo, no permite ponderar y regular el mismo, dado que actúa como una confirmación del sujeto de que realmente está en un peligro, sin ser capaz de prestar atención a otra cosa y magnificar el peligro, padeciendo no solamente un mal momento en las pistas, sino también la incomprensión de los compañeros de esquí.
Si el acompañante es una persona cercana, familiar o pareja, los niveles de incomprensión aumentan pudiendo generar un episodio de miedo intenso a pesar de estar rodeado de personas cercanas, en las cuales tenemos confianza. Algunos lectores, recordarán la obra expresionista de Edvard Munch bautizada con “el grito”.
Probablemente una situación que se repite temporada tras temporada en las pistas de esquí, con gritos de personas con miedo hacia sus acompañantes que, quizás sin la formación adecuada, se aventuran a enseñar a esquiar a compañeros, amigos o familiares en las pistas de un dominio esquiable.

Afrontar los miedos del esquí alpino

Como hemos visto, el miedo es una característica inherente al ser humano pero existen múltiples soluciones para combatirlo y hacer de la experiencia del esquí alpino, un recuerdo inolvidable que deje prendado al practicante para siempre. Desde I Love Ski, os recomendamos el aprendizaje del esquí de la mano de un profesional de la nieve.
Bajar las primeras pendientes, adaptarse al medio y superar los miedos será mucho más sencillo con un profesor titulado que posee las técnicas, los ejercicios, experiencia, recursos y materiales precisos para que el proceso de enseñanza-aprendizaje, sea todo un éxito aunque haga frío o debas esquiar un día de viento.
Una técnica recomendable, donde no es preciso contar con un profesional, es intentar ponerse mentalmente en una situación de miedo en montaña.

El miedo: un mecanismo de defensa

Imaginarse a sí mismo en una situación crítica, donde consideramos que entraremos en situación de miedo o incluso pánico. Lo primero, es considerar el miedo como un mecanismo de defensa, pero después debemos considerarlo como un incentivo, un recurso que nos hace más fuertes.
Si sentimos que nuestro corazón late más rápido y más fuerte, es Buena señal. Nuestro cuerpo se prepara para afrontar con éxito la situación y debemos considerar la reacción fisiológica del cuerpo como una ayuda, no como una limitación.
Existe una vertiente dentro del colectivo docente del esquí alpino, de afrontar desde el principio los miedos más básicos: caerse en la nieve. Dicha corriente se basa en caerse de forma voluntaria en la nieve una y otra vez.
La persona vivirá de forma real, que finalmente la nieve no está tan dura y que el dolor que le genera la caída no es relevante.
Nada como experimentar la situación que queremos evitar a toda costa, en un entorno controlado, amigable, acompañado de un profesional que nos indicará cual es la mejor técnica para caerse y como volver a levantarnos de forma eficiente, sin fatigarnos en exceso.

Regula tu frecuencia respiratoria

La respiración, es el talón de Aquiles del miedo. Fisiológicamente, el sistema respiratorio y cardiovascular están directamente relacionados. Dime como de deprisa late tu corazón y te diré lo rápido que respiras.
En otros términos, la frecuencia respiratoria está directamente vinculada con la frecuencia cardíaca. Por lo tanto, será tan sencillo, como respirar profundamente y lentamente.
Lo ideal, será que realices inspiraciones intensas y rápidas, que posteriormente irán acompañadas de expiraciones lentas, largas y progresivas.
Nuestro cuerpo enviará la señal al cerebro de que “todo marcha bien” y suprimiremos esos niveles de miedo y ansiedad que tanto nos martirizan en la nieve.
Existen técnicas de PNL (Programación neurolinguística) que nos permiten vincular sentimientos de confianza con un gesto físico: subir los hombros, contraer fuertemente los biceps, apretar fuerte los bastones…
Aquello que nos transmita seguridad, puede ser un gesto insignificante pero que al individuo le transmita control, confianza, tranquilidad y valor para afrontar el reto.

Soy capaz de superar el miedo

Soy capaz, es un mensaje que debe estar en tus pensamientos en esos momentos de stress y/o miedo. Hay que llenar la mente de cosas positivas: “soy fuerte, soy capaz, soy valiente, estoy en forma, esto no es nada, … intentando evitar la palabra miedo.
Pensar en “no tengo miedo” no representará una ayuda, dado que rápidamente podemos pensar en que estamos negando una realidad.
 
Mejor pensar en cosas positivas y recordar aquellas veces que has conseguido superar retos en el pasado que posteriormente, analizándolo fríamente, no era para tanto. Distraerse es también una buena técnica, para evitar o modular el miedo mientras esquiamos.
Bajar cantando es satisfactorio en gran parte de los casos, dado que nuestro cerebro está ocupado en algo agradable y placentero, limitando la sensación de miedo en situaciones de riesgo aparente pero no real.