Si la vida te junta con una persona que le encanta el esquí, mejor piénsalo diez veces:


1- La distribución de las vacaciones con tu novio esquiador

Si tienes cuatro semanas de desconexión laboral, al menos dos de ellas serán en blanco. Olvídate de viajes veraniegos de tres semanas a Bali, Vietnam o Sri Lanka. Prioridad, nieve. Si te despistas, lo mismo te embarca en un viajecito a América del Sur, haces doble temporada y pasas el año entre ceras y afiladores de tuning.


2- Aquí no hace falta poner cadenas

Subes el puerto, después de muchos kilómetros y curvas. Ya estás cerca. Está nevando. Está nevando mucho. Debe ser que parar el coche y poner las cadenas es delito, vergüenza o apocamiento. A veces patinamos más que Javier Fernández. Al final, paramos a ponerlas, como todo el mundo que no lleva neumáticos de nieve. Puede ser un apasionado de la montaña y de la nieve y no ser el mejor poniendo las cadenas, no se lo eches en cara.

 

3- Me encanta, todo fluye

Da igual lo largo que sea el viaje, las incidencias del camino y las penurias para encontrar aquel alojamiento que estaba fatal indicado. Si al llegar hay nieve, todo es maravilloso. El apartamento es una ratonera y tiene moqueta, el agua caliente no funciona, el calefactor no sé si hay que ponerlo en el programa marcado con un sol, la luna o la estrella, pero lo cierto es que no calienta. No hay problema, todo es maravilloso.

Si hay mucha nieve, no se enfadará, da igual lo que hagas o lo que pase. Aprovecha. Todo será positivo, incluso festivo. Ahora bien, si al subir el puerto de la estación, no hay buenas noticias y el paisaje es marrón y verde, llegan los problemas solos. Si pasas los 1500 mts y no hay nieve, seguro que se pondrá bastante nervioso.

Transmítele tranquilidad, que no se ofusque. Un buen argumento para sacarle de sus casillas puede ser: «quizás ha nevado pero más arriba». Si pasas los 1800 mts y no hay nieve en el horizonte, prepárate. La discusión no tardará en llegar. Nada que no se resuelva con un buen paquetón el día siguiente.

 

4- Tu novio esquiador querrá estar el primero cuando abran el remonte

Es un clásico. Aquí no venimos de fiesta, venimos a esquiar. A dormir prontito que mañana hay que darlo todo. Afuera hace frío, está nevando. De repente, un estruendo agudo. El despertador de tu pareja. Vacaciones, descanso, dormir… nada de eso.

Hay que levantarse rápido y ser el primero en pistas, peor que en el trabajo. Nada como ser el primero en pasar el torno y dejar las primeras huellas. Un día es un placer, pero todos, un martirio chino.

 

5- Mejor vivir en cuña que vivir arrodillada

Parece que hay que amortizar el forfait de semana en un solo día. Paradas, las justas. Mientras que subes en el telesilla, nada de conversaciones normales, mira por donde hemos bajado y la pista que nos queda por hacer en este valle.

Conversaciones en bucle. Comer tranquilamente en una terraza de altitud, una cerveza y desabrocharte las botas o tomar el sol en una tumbona, son algunos sueños que no podrás cumplir. El ansia les puede.

Procura ir al aseo lo mínimo, se ponen muy nerviosos con el tema baños. Llevar una bolsa de frutos secos para no caer desmayada en caso de posible inanición o fatiga, puede ser de suma utilidad.

 

6- Siempre hace bueno

Sácale de visita cultural o a pasear por una calle comercial, las mínimas alteraciones en la humedad del aire, la temperatura o hasta una ligera brisa pueden provocar la vuelta inmediata al hogar. Hace malo.

Sin embargo, en montaña, todos los días son buenos. Cariño, está diluviando: no te preocupes que arriba está nevando. Parece que el telesilla está cerrado por viento: rápido entonces al arrastre que después se hacen colas. Con esta niebla no hay quien baje: yo veo perfectamente.

 

7- Ya te enseño yo

No hay mayor pecado capital que dejarte enseñar por tu pareja. Está en todos los escritos, es un craso error, una desinversión. Dicen que los problemas de pareja en la nieve son directamente proporcionales a la diferencia de nivel de esquí entre ambos.

Si además de no ser Julia Mancuso sobre los esquís, muestras debilidad, duda o miedo, no te preocupes, tu pareja los multiplicará por mil. Pero si prefieres sentirlo en tus carnes y sienes, adelante: que te enseñe a esquiar tu pareja.

 

8- Hasta el final

Llévate siempre un frontal con pilas, puede ser de ayuda.
Tu novio esquiador lo tiene claro, seréis los últimos de Filipinas en abandonar las pistas, hasta que nos eche el pister. Cerrando pistas para despedir el día por todo lo alto.

No pasa nada por llegar al alojamiento entera sudada y arrastrando los esquís, siempre puedes escuchar algo como: aquí tienen una pista nocturna, mañana aprovecharemos más el día.

 

9- Después de la tormenta, llegan los vídeos

Quitarse las botas y una buena ducha caliente. No hay nada igual. Picar algo mientras comentas el día, todo normal. Pero cuando piensas que puede haber otro tipo de conversación: espera, no hemos visto los vídeos del día.

Qué barbaridad. Las caídas, el rail, el salto y cámaras lentas, muchas cámaras lentas. Deberían prohibir el slowmotion. Después llega la fase recarga. Se podrá olvidar de nuestro aniversario, pero nunca de cargar la cámara.

 

10- El regreso

Al empezar a bajar el puerto con tu novio esquiador, sientes como se genera una situación de vacío, de miradas perdidas. Solo falta para el momento despedida, el tema de Medina Azahara de telón de fondo. Si además está nevando cuando nos vamos, tenemos más drama que el Diario de Noa. Hay que pensar en positivo, pronto volvemos. Yo lo llevo hasta La Jonquera, después si te parece lo llevas tú.

Aprovecha, duerme todas las horas que llevas de retraso. Enhorabuena, has sobrevivido a un viaje de esquí con tu pareja. Si después de pensarlo diez veces, sigues convencida de querer compartir tu vida con alguien así, enhorabuena, probablemente sois muy parecidos y a los dos, os vuelve completamente locos la nieve. Ya somos cuatro. Sean buenos, felices y coman perdices en la nieve.

 

Colaboradora: Maite Requena

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